Alto y claro

josé Antonio / carrizosa

Liderazgos

APLACADA, por ahora, la cuestión catalana por la incapacidad de sus protagonistas para dejar de pelearse o tener claro hacia dónde quieren ir y encauzada la economía para que en los tiempos más inmediatos tengamos crecimientos razonables con niveles de paro impropios de un país desarrollado, me temo que los muchos días que quedan para las elecciones del 20 de diciembre vamos a estar entretenidos con procelosos debates sobre si para salvar a España es mejor estar rondando los cuarenta o frisando los sesenta. El resto del tiempo lo consumiremos viendo cómo los aspirantes a gobernar el país muestran sus habilidades haciendo un bacalao al pilpil, cantando fandangos o paseando en globo con los presentadores de moda en los platós de televisión. Qué pereza. No es que hayamos tenido en las últimas contiendas electorales planteamientos políticos de gran altura o a debates intelectuales de nivel, pero en los últimos años hemos asistido a una banalización alarmante de nuestra vida. Una buena parte de la responsabilidad la tiene el hecho de que de los partidos políticos han huido las mejores cabezas, conscientes de que estar mal pagados, peor considerados y expuestos a la sospecha permanente no es la mejor manera de enfocar una carrera profesional. La calidad de los liderazgos se ha resentido y este fenómeno no lo han arreglado los nuevos partidos que han surgido del desgaste de los tradicionales. Las llamadas formaciones emergentes y sus principales dirigentes han venido a ser más de lo mismo.

La conclusión de todo esto es que la política española está lejos de tener liderazgos fuertes. Los referentes más inmediatos son, sin duda, Felipe González y José María Aznar, que podían gustar más o menos pero de los que nadie dudaba sobre su fuerza para marcar la personalidad de su partido y asumir los retos que se le pusieran por delante. Ahora, a falta de otras cosas, lo que se valora en un dirigente político son factores como la edad o la empatía televisiva que puedan proyectar. Es la línea argumental de esta campaña. De todos estos factores el que más llama la atención es el de la edad. El líder de Ciudadanos llegó a decir que nadie nacido antes de 1978 (él lo hizo en 1979) estaba capacitado para hacer las reformas que España necesita. Una boutade que no va más allá, pero que refleja una forma de pensar que ha calado en algunas capas de la población. El que se desprecie la experiencia o se considere como valor absoluto al juventud refleja hasta qué punto hemos retrocedido en la calidad de nuestra política y, por consiguiente, en la de nuestros políticos.

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