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Luz, más luz

Somos pocos, creo, quienes pensamos que la luz es increíblemente barata

Esas parece que fueron las últimas palabras de Goethe, también las primeras triviales nuestras de cada día. Hay una fuerte y continuada relación entre la luz y la verdad, entre la verdad y Dios. Dios creó la luz y es luz, por eso la apropiación de la luz por parte del hombre moderno es un gesto que enlaza con el de Prometeo y el fuego y, fuera del mito, de lleno en terrenos de la historia, con el de los europeos medievales y el tiempo, sacado de sus quicios y ritmos naturales, domesticado y trucidado por el reloj mecánico. Tres grandes conquistas no exentas de servidumbres y peligros, pero irrenunciables.

Somos muy pocos, creo, quienes pensamos que la luz es increíblemente barata, incluso ahora que toda la incompetencia del Gobierno Sánchez se ha conjurado para llevarnos la contraria. La factura media de un hogar español de cuatro personas es de algo más de 120 euros cada dos meses. Si comparamos ese precio, que nos abre posibilidades de bienestar por las que los reyes de antaño hubieran entregado con gusto la mitad de sus tesoros, con lo que pagamos por tener un techo, movernos en nuestro propio vehículo o, simplemente, comprar el pan de cada día, veremos que la electricidad es un bien asombrosamente barato, casi regalado.

Lo que debiera preocuparnos, a mi modesto entender, no es tanto el precio de la luz cuanto si el modelo energético que por razones estrictamente ideológicas hemos adoptado en España puede garantizar en el medio y largo plazo, a precio competitivo con el exterior, el suministro necesario para los hogares, para la industria y absolutamente para todo lo que con nosotros empieza a funcionar cada mañana y no deja de hacerlo durante la noche. Un país sin petróleo, sin gas, sin carbón y sin grandes recursos hidrográficos -y menos mal que aún tenemos los pantanos de Franco- se permitió prescindir de la energía nuclear y endeudarse a tecnologías embrionarias, con un bestial impacto paisajístico y medioambiental, que nunca podrán cubrir las necesidades del mercado. Y encima, desde hace unos años, hemos aceptado sin el menor reparo pagar cantidades inasumibles en forma de derechos de emisión de CO2. Que esta bomba de relojería nos esté estallando bajo este Gobierno irresponsable, imprevisor y fracasado no es casualidad y nos recuerda el destino del pobre Prometeo, castigado por Zeus a que, encadenado a una roca, un águila le comiera perpetuamente el hígado. Hemos hecho mal muchas cosas, sí, pero no merecemos tanto castigo.

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