la ciudad y los días

Carlos Colón

Madre

ESTA mañana se celebra el segundo día del besamanos de la Virgen de los Reyes donde suele y debe. Anteayer la devolvieron a su casa de siglos, la Capilla Real. Debió suspirar aliviada al dejar ese torpe cubo con ventanas ciegas e interior de mausoleo, apenas redimido por el fantástico retablo de la capilla de los Vizcaínos del Convento Casa Grande de San Francisco, que es el la parroquia del Sagrario.

Ya está en su casa, pues, la Patrona de Sevilla. La Virgen que, como el Señor, no necesita nombre propio. Cuando un sevillano dice la Virgen o el Señor todos sabemos a quiénes se refiere, sin necesidad de que añada de los Reyes o del Gran Poder. Llena todo agosto con sus cultos, desde el inicio del besamanos el día tres hasta la conclusión de la octava el 22. Ninguna otra devoción sevillana tiene tantos días dedicados a sus cultos como esta siempre joven imagen que pronto cumplirá ocho siglos viviendo entre nosotros. Es la vecina viva más antigua de Sevilla. Viva quiere decir con cultos y presencia en la vida devocional de los sevillanos. Las antiguas y en su día importantes devociones a las Vírgenes de la Antigua y del Coral son, lamentablemente, reliquias del pasado.

Asombrosa pervivencia de una devoción encerrada en la altiva y siempre distante Catedral, sin barrio, sin hermandad y casi sin procesión -poco más que una hora de severo y elegante recorrido- en una ciudad en la que parece que sólo sobreviven las devociones que cuentan con estos tres preciados elementos -barrio o tierra, hermandad o familia, procesión o fiesta- que las anclan a la fidelidad y la memoria. Pervivencia debida a la fuerza de la propia imagen que, como en el caso de la Virgen del Rocío, la hace distinta a todas las otras tallas góticas. Y tengo para mí que también debida a la muy especial devoción que siempre le han profesado las mujeres.

Es muy de abuelas y de madres la devoción a esta bondadosa matriarca que gobierna su casa -Sevilla- con la alegría de su sonrisa gótica y la inteligencia griega de sus ojos. Hay algo domésticamente maternal en ella que une íntimamente a esta Madre con todas las madres. Nardos y Maderas de Oriente. Incienso y Embrujo de Sevilla. Tumbilla de Juan Talavera y abanicos de Casa Rubio. Abalorios de coral como los zarcillos que se guardan en cofrecillos de piel con ribetes dorados. Tibieza de las manos que nos llevan al besamanos y recuerdo de despertares tempranos en mañanas del 15 de agosto, a las que seguía un raro día quieto y hondo en penumbra de persianas echadas por fuera de los balcones. Es este ser la Virgen de las madres, seguro, lo que la convierte en Madre de los sevillanos.

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