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María José Andrade Alonso

Maldito alzhéimer

Mirar a los ojos a un enfermo de alzhéimer es entrar en una cueva vacía. Son ojos que no te miran

23 de febrero 2023 - 01:47

Aveces, entre tanto ruido, nos olvidamos de las cosas que de verdad importan. Un ruido que se hace ensordecedor y con el que dejamos de prestar atención porque nos hace alejarla hacia otro lado. Un lugar el que damos por hecho que hay situaciones que nunca se van a dar. Que no vamos a vivir y que, por tanto, no vamos a sufrir.

Pero sí. Nos toca, las vivimos y las sufrimos porque en "este mundo ideal", que han construido a la medida de las redes sociales, hay miles de familias que viven, conviven y sufren con una enfermedad que es devastadora. Una enfermedad que destruye a las personas que las padecen alejándolas de sus familias y de ellas mismas.

Mirar a los ojos de un enfermo de alzhéimer es entrar en una cueva oscura, vacía y llena de fantasmas. Son ojos que no te miran. Ojos que te ven y no te ven. Ojos que no atienden ni te entienden, y que son incapaces de expresar el dolor y el sufrimiento porque, sencillamente, se olvidan incluso de eso: de su dolor y de su sufrimiento.

Estábamos en cierre perimetral por la pandemia cuando, en el programa de Canal Sur Radio Por tu salud, el periodista Enrique Jesús Moreno entrevistaba al neurólogo del Hospital Universitario Reina Sofia de Córdoba, Eduardo Agüera. La pregunta era obligada: "¿Esta va a ser la pandemia del siglo XXI?".

La respuesta fue tajante: "La verdadera pandemia del siglo XXI es el alzhéimer". El silencio se hizo en las ondas. Todos los que participábamos en esta tertulia nos quedamos sin palabras. Eduardo Agüera ponía nombre y apellidos a una enfermedad despiadada y hacía un llamamiento a la inversión para investigar más y ofrecer mejores resultados.

No, efectivamente no es 21 de septiembre, Día Mundial del Alzhéimer pero, si me lo permiten, este artículo y este espacio hoy lo quiero dedicar a todos los que padecen esta cruel enfermedad. A sus familiares. A las personas cercanas que asisten sin saber cómo ayudar y qué hacer por esos a quienes tanto quieren.

A los médicos. A estos profesionales que pasan horas buscando una solución que no llega. A estos hombres y mujeres que luchan desesperados encerrados también como están en una búsqueda incansable, por hallar una fórmula mágica que devuelva la memoria, las vivencias, los recuerdos… La vida.

Probablemente, cuando se publique este artículo, ella, la mujer que da sentido a estas palabras, habrá muerto. Lo habrá hecho sin recordar absolutamente nada. Ni los nombres de sus hijos, ni el de su marido, ni el de ella misma. Habrá muerto vagando por el infinito y sintiendo el miedo de no saber qué le ocurría.

Habrá muerto sin entender una vida presente porque no era la suya. Habrá muerto sin reconocerse en el espejo. Sin saber quién era la que le devolvía la mirada de una mujer que ella no conocía porque lo que veía en el espejo era la niña que fue.

Habrá muerto "con los ojos llenitos de ayer". De un ayer en el que el maldito alzhéimer no estaba y en el que ella, y junto a los que más amaba, fue muy feliz.

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