palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Millones de nombres

HASTA la pasada madrugada en que fue cazado por un comando del Ejército norteamericano Ben Laden ha sido un fantasma o, mejor dicho, un terrorista sanguinario escondido detrás de la caricatura de un tipo flaco, de aspecto demacrado y barba de santón, de una naturaleza tan irreal como el diablo de las alegorías místicas. Su existencia era una cuestión de fe. Se conocían sus obras criminales pero nadie disponía de indicios objetivos de su existencia.

Los servicios de información más poderosos del mundo, más las redes de colaboración de los aliados, apenas consiguieron extraer alguna prueba. Sus imágenes en movimiento se limitaban a un puñado de vídeos de escaso metraje que el mundo ha visto durante diez años sin aburrimiento una vez y otra quizá porque desprenden el mismo magnetismo que las visiones sobrenaturales. Ben Laden era un ectoplasma, pero su obra estaba sustentada sobre miles de cadáveres cuya realidad es indiscutible y dolorosa. No es casual que una vez ejecutado por el comando la primera foto de su cadáver fuera un montaje patatero con Photoshop improvisado por una cadena de televisión. El mismo rictus lóbrego que hemos visto un millón de veces en los carteles de búsqueda y captura pero descompuesto por falsos hematomas, cicatrices y restos de sangre. Durante unas horas la irrealidad volvió a imponerse y la foto del cuerpo sin vida del asesino circuló por medio mundo. Mientras, sus mismos ejecutores, echaban su cadáver al fondo del mar, de un mar sin nombre que es todos los mares posibles.

Ahora falta saber si existe Al Qaeda. Hay quien cree que sí y hay quien opina que no. Si existe una organización piramidal que parte de Ben Laden, se ramifica por sus lugartenientes y colaboradores de mayor rango y crece y se extiende indefinidamente por una tupida red de células que operan en secreto en Occidente, entonces es probable que la muerte del emir del terror merme la operatividad de la multinacional terrorista y su decapitación suponga un alivio para todos. Pero si Al Qaeda es sólo la cáscara de un liderazgo ilusorio o, por decirlo en términos de mercado, una marca de uso libre a la que se puede acoger cualquier grupo de fanáticos para firmar sus bombas, entonces es probable que la efectividad de la muerte de Ben Laden sea muy discutible y que los seguidores del espíritu Osama sigan empleando el derecho a explotar el negocio de la muerte y del odio a Occidente a pesar de la exterminación física del líder. La muerte de Ben Laden sería una circunstancia irrelevante frente a la perdurabilidad de la sociedad mercantil Al Qaeda.

Y eso sí sería terrible, pues el terrorismo islamista dejaría de tener un nombre: tendría millones.

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