¡Mira, una 'sevilla'!

16 de enero 2010 - 01:00

SI puedo utilizar a mi suegra como ejemplo, diré que la limpieza es una característica personal que dice mucho a los sevillanos. Si una vecina le lleva un bizcocho y quiere que yo lo pruebe, me aclara que la vecina es "más limpia que los chorros del oro". Y siempre me dice lo mismo cuando le llevo a sus nietos de visita: "Acabo de pasar la fregona". A veces tiene en tan alta estima la limpieza que consigue asustarme. Por ejemplo, cuando me conoció, me llevó a otra habitación para hablarme en privado:

-Mi niña no es una guarra -dijo, meneando el dedo en el aire-. Ella, no.

Pero este gran aprecio sevillano por la limpieza personal no se convierte en la limpieza de la vía pública. Nunca olvidaré a una mujer en la calle Levíes pasando la fregona por un metro cuadrado delante de su puerta. Había dos mojones un poco más allá, pero los dejó secar al sol, o deshacerse con la lluvia, o ser arrastrados por las suelas de los transeúntes. Entiendo que no era la responsable de esta mierda. Pero, ¿realmente no le importaba tener dos mojones básicamente en la entrada de su casa?

Soy de Nueva York, entonces no puedo alardear acerca de la limpieza. Pero puedo decir que la suciedad de las calles de Sevilla me hace sentir demasiado en casa. Cuando veo, por ejemplo, los pañales sucios tirados al lado de un banco en el Parque Amate, me acuerdo de una vez en la cual vi a un hombre cambiando el pañal de su niño en un banco del Central Park. Dejó caer detrás de él el pañal sucio, y también las toallitas manchadas. Cuando se incorporó con aires de haber hecho estupendamente su tarea, se despistó y pisó la mierda de su propio niño. Ojalá que Dios se vengue así de todos los guarros del mundo.

Menos mal que en Sevilla son los mojones de perros, no de niños, lo que llaman más la atención. Tengo un amigo que pasó seis meses con su novia en Sevilla y ahora, de vuelta en Nueva York, cuando ven un mojón en la calle, dicen: "Mira, una sevilla". Y vivieron en el centro, donde el problema está mucho más controlado. En Madre de Dios, donde vivo yo, justo en frente de la puerta de mi edificio, hay cada día por lo menos un mojón fresco esperando siniestramente la pisada distraída de algún pobre inquilino -como yo - perdido en sus pensamientos.

Y peor aún es una franja de parque que separa los edificios de mi barrio de La Ronda de Tamarguillo. Es alucinante la cantidad de perros que llevan allí cada día para orinar y cagar. Y muchos de los dueños no recogen la mierda. ¡Cada día los mismos perros! Semana tras semana, mes tras mes, año tras año. Cuando viene la lluvia, todo se mezcla en barro. Después el sol lo seca. Y cuando viene el Levante, todos respiramos esta porquería.

Hay niños que juegan en esta franja de parque. Últimamente vi a dos intentando hacer volar una cometa. Tenían que correr sin mirar dónde pisaban. La cometa continuamente caía a tierra, manchándose con mierda sus colores. Pero los niños, tan acostumbrados a esta herencia de la naturaleza que están dejándoles sus mayores, seguían. Me recordó estas fotos famosas de niños de la India jugando alegremente en el basurero municipal.

Los perros traen consigo muchísima alegría, cariño y gracia. Pero los dueños negligentes me provocan sólo rabia. Una vez, sentado en la terraza de un bar en Gran Plaza, vi una pareja tomando el desayuno mientras su perro daba vueltas sin cuerda por los alrededores. Eligió cagar al lado de un banco donde descansan los ancianos y donde paran las madres para dar a sus niños de comer.

Qué ganas tenía yo de recoger la mierda y ponerla en la mesa de la pareja, entre sus tostadas, zumos y café, y decir: "Una entrega de vuestro perro. Tiradla en un sitio adecuado". Al final no hice ni dije nada. Era una falta de valor por mi parte.

Nueva York también tiene el problema de los mojones, pero principalmente en barrios pobres. Los grandes problemas de suciedad en Nueva York -los montones altísimos de basura en las aceras por la noche, el aire que te ensucia de hollín el interior de la nariz, las familias numerosas de ratas enormes viviendo a plena vista en las paradas del metro- son culpa del Ayuntamiento, o más bien del tamaño descomunal de la ciudad. Aquí el Ayuntamiento no puede hacer mucho, porque la culpa la tiene la falta de educación de la gente, da igual la clase social.

He escogido los mojones para explicar mi postura. Pero pudiera haber escrito de esta otra costumbre de la gente de escupir sus mucosidades en plena calle o de llevar a sus niños al arriate de un naranjo para hacer sus necesidades. O de dejar las bolsas de basura fuera de los contenedores, un guarro lo hace y el resto le sigue, no queriendo complicarse la vida comprobando si los contenedores están realmente llenos. La lista es larga.

Que yo sepa, el castellano no tiene ninguna palabra específica para identificar a las personas que ensucian la vía pública. En inglés sí, litterlout (gamberro de basuras). Me parece un anglicismo que le vendría muy bien al idioma español. Los niños necesitan poder nombrar lo que nunca deben llegar a ser.

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