Coge el dinero y corre

fede / durán

Monos del Peñón

LA economía española podría perfectamente ser un animal, y en tal caso la cazaríamos para tantearla, diseccionarla y trepanar su filosofía subyacente. Como en todo organismo, junto a las piezas de función más obvia (el corazón, el cerebro, los pulmones o la vejiga, es decir, las estadísticas) nos toparíamos con otras en apariencia insondables (quizás el bazo fuese entonces lo más similar a una idiosincrasia). Ya sabemos que España padece un vergonzoso problema de desempleo que se ceba mayoritariamente con la fuerza laboral menos cualificada, esa que vivió su particular fiesta subprime al socaire de una banca igualmente festiva. Sabemos asimismo que los jóvenes más audaces y/o desesperados se marchan a otros países donde no siempre se les trata mejor; que la I+D es pobrísima y apenas genera adhesiones en el sector privado; que la burocracia carga las cervicales del emprendedor; que los préstamos (ahora sí) se conceden a elevado interés; que la inversión en los servicios sociales que sostienen el busto del Estado del bienestar se resienten cada año un poco más; sabemos, en fin, que la demanda interna lleva un lustro grogui, que la temporalidad le pisa el cuello a la contratación fija, que la formación es un coladero digno de Rinconete y Cortadillo, y que la desigualdad se traduce no sólo en una brecha creciente entre ricos y pobres sino también en datos tan tristes como el que, según Cáritas, sitúa al país como el segundo por la cola en pobreza infantil de la UE-28.

Pero también deberíamos fijarnos en el bazo. Captaríamos mejor las arritmias del corazón, los atascos respiratorios y los marasmos intestinales. Si el bazo es la idiosincrasia, nada mejor que los recursos humanos para reflejarla. No se trata sólo de cuestionar las políticas salariales a la baja tan alentadas desde la troika sino de advertir que el patrón atribuye al empleado demasiado a menudo la extraña cualidad de crecer sin agua ni abonos. Luego está el eterno y muy denunciado desfase entre la vida de oficina europea y nacional. Aquí nadie acaba temprano porque marcharse tras cumplir objetivos está mal visto. La trampa es vieja: a veces es imposible cumplir objetivos en los horarios estipulados porque la empresa vende un producto bajo condiciones fantásticas. Se le llama productividad cuando es ciencia-ficción.

No nos engañemos: nos gusta el trile. ¿Cuántos empresarios buscan el beneficio inmediato en detrimento de la longevidad sostenible? ¿Cuántos el atajo en la ley? Churchill dijo una vez que la democracia universal se le caía de las manos tras cinco minutos de charla con la plebe. Con el animal económico hispano ocurre más o menos lo mismo: bajo la alfombra pulida de las multinacionales del Íbex 35 se esconden a menudo miserias propias de esas repúblicas bananeras con las que tanto comparan a Andalucía. Lo peor no es eso: lo peor es que quienes siguen el sendero del taoísmo empresarial (la virtud como brújula) jamás pierden ese zumbido de mosquito que es la sospecha de estar jugando una partida con las cartas marcadas.

¿Y qué animal seríamos? Definitivamente, un mono de Gibraltar.

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