En tránsito

eduardo / jordá

Niños en la playa

MIENTRAS paseo por la playa, viendo a los niños que chapotean en la orilla, recuerdo un cuadro de Sorolla que ahora me parece uno de los mejores cuadros de la pintura española, ese cuadro que representa a tres niños desnudos que están tendidos sobre la arena mojada de una playa. Sorolla lo pintó en 1910, inspirándose en sus muchos veraneos en la costa valenciana, pero ese cuadro no tuvo demasiada fortuna entre nosotros, y yo mismo recuerdo que los jóvenes progres de hace cuarenta años -en los primeros tiempos de la Transición- lo considerábamos el colmo de la cursilería y del arte pompier. ¿Por qué? Pues por la sencilla razón de que ese cuadro representa la dicha animal de unos niños desnudos que son felices por el simple hecho de estar dándose un baño en una playa. Y eso, se mire como se mire, era algo que no estaba bien visto en la época de Sorolla, pero tampoco lo está ahora, cuando se supone que las tornas han cambiado y todo es diferente.

¿Por qué? Pues por la sencilla razón de que el arte hispánico -ni el antiguo ni el moderno- no es muy partidario de presentar el milagro de la pura alegría de vivir. Dada la tradición más bien siniestra de nuestra historia y de nuestra cultura (o más bien incultura), nuestros artistas han preferido fijarse en los aspectos más terribles y desagradables de la vida, y eso sigue ocurriendo ahora igual que ocurría hace cien años. Pero Sorolla supo apartarse de esa tradición fascinada por la sordidez y la truculencia, y quiso representar una escena de felicidad pura y de simple estallido vital. Y por supuesto, dados nuestros antecedentes, ese cuadro no gustó. Para la tradición ultramontana y autoritaria que controló nuestra vida durante casi todo el siglo XX, unos niños que se bañaban desnudos en una playa eran una muestra de vitalismo anarquista y de desvergüenza incurable. Y para nuestra izquierda más ultramontana y autoritaria -que en ciertos aspectos sigue controlando nuestra cultura-, unos niños desnudos y felices en una playa suponen una traición intolerable al deber moral de denunciar todas y cada una de las injusticias sociales. Y por eso me pregunto si habría hoy algún artista hipster que se atreviera a citar a Sorolla entre sus pintores más admirados. Lo dudo mucho.

Pero ahora, en esta playa, hay cientos de niños que se bañan felices sobre la arena mojada. Y uno se pregunta qué habría que hacer con ellos. ¿Ocultarlos? ¿Negarlos? ¿O celebrar que existen y están ahí y son muy reales? Yo lo tengo muy claro.

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