Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
De niños y jóvenes el final de las Navidades tenía la tristeza del reencuentro con la rutina cotidiana, los horarios, las clases y las aulas. Dickens, el creador de la Navidad sentimental sin por ello olvidar su fundamento religioso, fue también el primero que describió la melancolía de su final. “Veo ahora –escribía en Un árbol de Navidad– la primera vez que experimenté esa aburrida sensación, que he tenido a menudo después, de sentirme incapaz, al día siguiente [del de Navidad], de volver al mundo gris y monótono, de desear vivir para siempre en esta atmósfera brillante que quedaba atrás [en la que] los libros escolares estaban cerrados; Ovidio y Virgilio, silenciosos; la regla de tres, con sus preguntas frías e impertinentes, hace mucho tiempo olvidadas; Terencio y Plauto sin actuar en un teatro de escritorios desordenados y bancos rayados y manchados de tinta” [se ve que en los colegios victorianos –que él fustigó por su dureza– se cuidaba más a los clásicos que en los actuales].
De mayores, y más cuantos más años pasan, se agradece, por el contrario, ese reencuentro con la rutina cotidiana tras las Navidades, por mucho que –como a mí– nos gusten. Con la edad el tiempo se acelera tanto –más rápido cuanto menos va quedando– que las fiestas, como los postes o los árboles cuando se va en coche o en tren, solo sirven para mostrarnos la velocidad cada vez mayor con la que todo pasa. Mejor la llanura sin árboles, ni postes, ni casas, de las rutinas cotidianas. Sin que por supuesto se sequen –es importante decirlo– las dos fuentes adultas de felicidad de las Navidades: el nacimiento de Dios y la alegría con que la viven los hijos y los nietos. Pero, conforme van pasando los años, es inevitable imaginar un coro de campanilleros valdeslealsianos, encabezado por la canina y el desmejorado obispo de las Postrimerías, cantando aquello de “la Nochebuena se viene, / la Nochebuena se va, / y nosotros nos iremos / y no volveremos más”.
Afortunadamente, cuando en las tardes cada vez más largas enfilemos Feria o San Luis para divagar por Divina Pastora, Ruiz Gijón, Macasta, Bordador Rodríguez Ojeda, Relator, Torres, Escoberos, Pozo, Sagunto o Padre Manjón oyendo los ecos de Cebrián, Gámez Laserna, Morales, Braña o Hurtado para encontrarnos con la Esperanza única de los mortales, sabremos que nos iremos, sí; pero también adónde y con Quién nos encontraremos.
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