Postrimerías

Norma y vida

Jueces y fiscales deben mantenerse al margen de las presiones del poder político o la opinión pública

Habitual en los momentos de crisis, la desconfianza hacia las instituciones forma parte de un discurso impugnador de los poderes públicos que en las democracias, lejos de constituir una amenaza para los ciudadanos, son la mejor garantía para defender sus derechos. La ley, las leyes, nos obligan a todos, o dicho de otro modo nos igualan, y es por eso que quienes se las saltan, aunque lo hagan invocando ideas elevadas o supuestamente elevadas, atentan contra la comunidad, cuyos representantes están legitimados para impartir justicia en su nombre. El Estado otorga una enorme responsabilidad a jueces y fiscales, cuya tarea es tan importante como delicada, por definición ajena a la ideología, las creencias o los prejuicios particulares. A todos los miembros de la carrera judicial se les presupone el conocimiento, que han debido demostrar antes de acceder a la función, pero es evidente que la calidad de su desempeño -no la imparcialidad, que de nuevo se da por supuesta- se beneficiará no sólo de la experiencia, sino también del bagaje intelectual y de cualidades más personales. En Norma y vida, el ameno, chispeante e instructivo breviario donde ha recogido las reflexiones nacidas de su trabajo como fiscal a lo largo de dos décadas, enriquecidas por lecturas e intereses no limitados al ejercicio de su profesión, Yolanda Ortiz Mallol explica cómo los mandamientos del Derecho deben bajar a la tierra para adecuarse al individuo y su circunstancia, de modo que los "conceptos redondos, virginales y sólidos" no se opongan a la "letra minúscula" de la realidad, a las personas concretas y no intercambiables que se someten a la acción de la justicia. "No debemos nunca confundir los rasgos, transmutar los rostros, equiparar entre sí las vidas ajenas", escribe la autora, que suma a los episodios conocidos por la práctica de su ministerio otros tomados de la literatura, el cine o las artes, tan reveladores como los primeros de la compleja variedad de la condición humana. En tanto que exclusivos intérpretes de la norma, jueces y fiscales deben mantenerse al margen de las presiones del poder político o la opinión pública, tan fácilmente inflamable, pero no de las enseñanzas que como hombres o mujeres conscientes hayan adquirido a lo largo de su vida. Y la vida, ya sabemos, se ensancha extraordinariamente si somos capaces de incorporar las experiencias no directas o incluso los modelos de la ficción, asimismo atravesada por la realidad y por lo tanto reflejo de ella. Humor, sensibilidad y pedagogía confluyen en un luminoso ensayo con el que Ortiz Mallol, nuestra Yolanda, aboga por una justicia compasiva de honda y noble inspiración humanista.

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