En tránsito

Eduardo Jordá

Ollie y Stan

HAY un gran remedio contra la crisis, un remedio muy sencillo y bastante fácil de conseguir. Tiene un nombre doble, como algunas marcas de whisky o ciertas armas de fuego, aunque no hace daño a nadie, sino más bien todo lo contrario. El remedio se llama Laurel y Hardy, o también el Gordo y el Flaco, aunque los niños de hace cuarenta años preferíamos llamarlos por su apodo, Ollie y Stan. Hace poco, cuando me di cuenta de que llevaba cinco minutos seguidos pensando en el Euríbor y los datos de la inflación, decidí cortar por lo sano. Me paré en un quiosco y le compré a mi hijo una película del Gordo y el Flaco.

Sí, de acuerdo, hay quien dice que Laurel y Hardy no tienen nada que hacer al lado de Chaplin o de Buster Keaton. Me da igual. Para mí, Laurel y Hardy son los más grandes. Quizá fue porque tuve la suerte de ver sus películas en la versión que ellos mismos doblaban al castellano, un proceso que a nosotros nos parecía de lo más natural, aunque ahora he leído que Laurel y Hardy -que también se doblaban a sí mismos al francés, al italiano y al alemán- tenían que hacer cuatro versiones diferentes de cada toma. Como es natural, sus nociones de castellano eran muy remotas, pero aquel acento disparatado sólo conseguía aumentar el atractivo de sus películas. "Oye, Stan, ¿ya has vuelto a meterme en un lío?", gruñía Ollie cuando su amigo se presentaba con dos chicas en bañador, a las que miraba con cara de no saber si eran un nuevo modelo de destornillador o un raro animal comestible, tal vez una vaca criada en la Antártida.

He averiguado unas cuantas cosas sobre el Gordo y el Flaco. Stan Laurel, el atolondrado y patoso Stan, era el que escribía los números cómicos, mientras que Hardy se entretenía rellenando apuestas para las carreras de caballos. El apocado Stan era quien llevaba las cuentas y quien discutía con su productor, mientras que Ollie se desentendía de todo. Durante mucho tiempo se llegó a decir que formaban pareja y que vivían juntos, pero nada de eso era cierto. Hardy, el Gordo, se casó tres veces, mientras que la mosquita muerta de Stan Laurel se casó nada menos que siete veces. Pese a su aspecto pusilánime, su última mujer fue una cantante de ópera soviética, lo que sin duda requiere cierta presencia de ánimo.

Para mí, el Gordo y el Flaco son los Bouvard y Pécuchet del siglo XX. Stan Laurel, por ejemplo, figuraba en el listín de teléfonos de Los Ángeles con esta escueta anotación: "Stan Laurel, actor". En 1965, cuando se moría, la enfermera le preguntó si estaba bien. "Estaría mejor esquiando", replicó. No se olvidó de dejar su epitafio: "Si alguien pone caras largas en mi funeral, nunca volveré a dirigirle la palabra". Y ahora, por favor, repítanlo con su propio acento. Y olvídense del Euríbor.

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