La ciudad y los días

Carlos / Colón

Oraciones, plumas y martillos

27 de julio 2016 - 01:00

TRAS conocer que dos islamistas habían asaltado la parroquia bretona de Saint-Etienne de Rouvray, degollando en el templo al anciano sacerdote Jacques Hamel tras obligarlo a arrodillarse y grabando en vídeo su muerte, Monseñor Georges Pontier, presidente de la Conferencia Episcopal Francesa, ha convocado una jornada de ayuno y de oración "por nuestro país y por la paz en el mundo" el próximo viernes 29 de julio, añadiendo que "la fraternidad es el único camino que conduce a una paz duradera". Tiene mucha razón el hombre y sus palabras son las que se deben esperar de un cristiano. Pero ni él ni las autoridades deberían olvidar que si lo que hoy es Francia, y con ella el resto de Europa, no fueron invadidas por la primera gran embestida islámica del siglo VIII, como lo fue nuestra península, no fue gracias a las oraciones y los ayunos, sino a que un señor llamado Carlos Martel -Dux et Princeps Francorum- los frenó en la batalla de Poitiers o de Tours el 10 de octubre del 732, obligándoles a replegarse otra vez tras los Pirineos. 36 años después su hijo Pipino el Breve fundaba el Imperio Carolingio y 68 años después era coronado emperador en Roma su nieto Carlomagno, llamado el Padre de Europa.

Carlos Martel no fue conocido precisamente por su piedad, aunque el papa Gregorio III lo distinguiera a él y a sus descendientes con el título de Muy Cristiano, sino por su contundencia como guerrero que le valió el apellido con el que ha pasado a la historia: Martel, es decir, martillo. Hay males contra los que solo sirve el martillo. Y esto vale tanto para el siglo VIII como para el XXI, tanto para la batalla de Tours que impidió la caída de Europa bajo el Islam como para los Aliados que la liberaron de los nazis o para el bueno de don Antonio Machado que, desesperado ante la derrota de la República, le dedicó a Líster "si mi pluma valiera tu pistola".

Por lo tanto no se trata de invocar a Carlos Martel como retórica patriotera de un europeísmo retrógrado, sino de recordar que los valores europeos, tan laboriosamente forjados a lo largo de 27 siglos a partir de la confluencia de las culturas griega y judía (el lunes emitía TVE 2 el magnífico documental La invención de Occidente: Jerusalén y Atenas que debería ser de visión obligatoria en los colegios), no se defienden solo apelando a los buenos sentimientos filantrópicos o religiosos, sino con el uso legítimo de la fuerza.

stats