Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Padres huérfanos

CANTABA Silvio Rodríguez sobre los "hombres de poca niñez" que iban en los barcos de la Flota Cubana de Pesca. Desde su juventud rebelde, cada vez que Tadeo oye esos versos se le mojan los ojos. Para sus más cercanos esta emoción incontenible y pavloviana -ante el mismo estímulo, misma respuesta- es objeto de tierno cachondeo. Tadeo quedó huérfano pronto, y su niñez se aceleró tanto como su amparo, yéndose ambos antes de tiempo. La niñez tiene mucho que ver con cuánto tiempo te sientes a cubierto por aquellos que darían su vida por ti sin pensarlo, tus padres. Por eso, al oír en la radio la noticia no pude dejar de pensar en Tadeo. Hace unos días, un padre salió a comer con su hija, aún disfrazada después de una fiesta infantil. Al terminar la cena y pedir la cuenta, la camarera le trajo una nota que decía "somos una pareja que estaba en la mesa de usted. Los dos quedamos huérfanos muy pronto, y no hemos podido evitar escuchar cómo usted y su hija hablaban. Nos han emocionado; tenemos un hijo y siempre nos asalta la duda de si hay algo que del oficio debíamos haber aprendido de nuestros padres y que pudiéramos no haber aprendido, ya sin remedio. Por eso, su ejemplo, natural e inesperado, nos parece impagable. Muchas gracias. Por cierto, su cuenta está pagada". Miró hacia atrás, ya la mesa estaba vacía.

No nace uno aprendido para ser padre o madre. Tampoco el hecho de tener padres, dos o sólo uno, garantiza que tú vayas a ser mejor o peor si te llega esa hora. Tadeo, cínico y sensible, suele decir que ser padre es una condena que te hace cobarde para el resto de tu vida. Nadie es mejor ni peor padre por el mero ejemplo. Las fobias personales o sociales, los tabúes que acomplejan, las supersticiones o poses sociales, la desconfianza o la falta de compasión bien pueden ser heredadas de tus amorosos padres. Tadeo, que creció sin padre, sentía un espanto y una sorpresa atroz cuando en casa de sus amigos el paterfamilias llegaba cual implacable agente de la autoridad con o sin cinto en ristre, algo para él por completo desconocido. Y se sentía aliviado por no correr el riesgo de tener ese tipo de figura en casa, no tan inusual, que cohíbe y obliga a pensar en clave macho duro, dejando a sus hijos -algunos, amigos aún de Tadeo- tocados en su cabecita, y propensos a remedar su impronta autoritaria o prepotente. Por eso, al escuchar la emocionante noticia del restaurante, pensé que lo más bonito de la misma no era el aprendizaje de aquellos padres huérfanos, sino la escena de afecto y ternura. Y ya puestos, el detalle de la convidada anónima.

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