La ciudad y los días

carlos / colón

Parlamento, Panteón y Camp Nou

EL miércoles pasado se depositaron en el Panteón de París los restos de Jean Zay, ministro de Educación entre 1936 y 1938 asesinado en 1944 por los franceses pro nazis de Vichy; de Pierre Brossolette, periodista y político socialista torturado y ejecutado por la Gestapo en 1944; y de Germaine Tillion y Geneviève de Gaulle-Anthonioz, supervivientes del campo de concentración de Ravensbrück, las dos primeras mujeres que recibieron la Gran Cruz de la Legión de Honor por su lucha contra los nazis. Así Francia reconoce el heroísmo de los combatientes de la Resistencia.

Si la colección de Bibliothèque de la Pléiade es la Biblia laica -hasta en su diseño, encuadernación, tipografía y papel- de la cultura francesa, bautizada por sus creadores Jacques Schifrin y Gaston Gallimard con el nombre del grupo de poetas que, con Ronsard y du Bellay al frente, defendieron y definieron la lengua francesa como el alma y el corazón de la nación, el Panteón, iglesia convertida desde 1791 en el mausoleo de los grandes hombres de Francia, es templo laico dedicado a honrar la memoria de los hombres y mujeres que han engrandecido la Nación. Allí están enterrados Mirabeau, Voltaire, Rousseau, Hugo, Dumas, Zola, Marie Curie o Malraux.

Inglaterra, siempre prefiriendo la evolución a la revolución, rinde culto a sus grandes nombres enterrándolos en los templos anglicanos. Así Wellington, Nelson, Gordon de Jartum, Lawrence de Arabia, Fleming o Churchill descansan o tienen sus memoriales en San Pablo; y Chaucer, Newton, Purcell, Livingstone, Dickens o Darwin están enterrados en Westminster. Por preferir la evolución a la revolución, y con ello convertirse en la más antigua y estable democracia de Europa, también esta semana -como desde 1536- Isabel II acudió, con la pompa requerida, a la Cámara de los Lores para inaugurar el nuevo curso. Y el Gentleman Usher of the Black Rod volvió a llamar a los Comunes, porque desde que Carlos I entró a caballo en la Cámara de los Comunes estos defienden que los reyes no puedan entrar. Para demostrar la primacía democrática de los Comunes sobre la Corona el Usher of the Black Rod tuvo que llamar tres veces.

Y uno, tras los pitos groseros al Rey constitucional y al himno de España, no podía sino envidiar a los franceses y, sobre todo, a los ingleses. Las cosas de España.

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