El periscopio

José Ignacio Rufino

El Partenón no está en Hollywood

CUANDO uno ve las fotos de Hugh Hefner deambulando con energía y aplomo por su mansión de Los Ángeles, no puede evitar sentir una pena especial por que su espectacular vida no se vaya a prolongar otros 85 años: se lo merecería. Gran vividor, siempre rodeado de conejitas jacarandosas, como lo es él mismo; trabajando desde la cama con su batín de seda roja, del que se despoja sólo cuando enfila el jacuzzi acompañado por jóvenes tremolantes. "Llámenme hortera: hago lo que quiero, lo paso de cine y estoy forradísimo", parecen decir sus ojillos avispados sobre su nariz de rapaz y su boca siempre sonriente, encajada en un poderoso mentón. Una vida de cine, en efecto, la del dueño de Playboy, y una fortuna incalculable la suya. Hef, en un acto simbólico de filantropía y reciprocidad con una industria que ha nutrido de starlettes a su revista (como Marylin Monroe, que salió desnuda en el primer número de la revista) ha salvado el cartel que, en una colina, reza Hollywood con letras de catorce metros de alto.

Ha aportado casi un millón de dólares a la plataforma que se propuso comprar los terrenos donde está el cartel, cuyos propietarios iban a demolerlo para construir viviendas de superlujo. Según informa Los Angeles Times, el magnate ha aflojado la mosca para completar los 12,5 millones de dólares que importaba la recompra, a última hora. El hombre sabe manejar el tempo de las gestiones, de eso no cabe duda. Casi como Mourinho.

Estados Unidos es un país siglos más joven que muchos de la vetusta Europa, y mientras allí los patriotas salvan símbolos de varias decenas de años, aquí salvamos -de vez en cuando- objetos y espacios centenarios. Mientras allí se empeñan en preservar un icono del glamour de la gran fábrica de sueños, aquí -en cierto modo- nos vemos obligados a librar al Partenón de las llamas. No nos queda otra, si no queremos que la quiebra griega acabe salpicando no ya a Europa, sino a la economía mundial. El FMI está dispuesto a lanzar su salvavidas, y la Unión Europea es reacia a dar dinero -véase Merkel y Sarkozy; España está más dispuesta, por la cuenta que le trae-, y quiere que los griegos sufran y expíen sus liberalidades y sus excesos.

Según los lectores del rotativo californiano, ha sido duro conseguir el dinero para que no desmonten el cartel: la crisis también sella el bolsillo de los ricos. Lo de Grecia podría costar cien euros a cada alemán, y unos 45 a cada español. Se supone que se recuperará con el tiempo, pero de momento hay que buscarlo: pidiendo prestado los bancos. El caldo de cultivo para el euroescepticismo alemán está calentándose. Parafraseando el titulo de la película de la Metro-Goldwin-Meyer: That's not entertainment at all!

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