Alto y claro

josé Antonio / carrizosa

Podredumbre, pestilencia, penitencia

SEMANA presidida por la basura. La que se acumula en las calles de Sevilla en un conflicto que vuelve a demostrar que el dinero público, por ser de todos, es como si no fuera de nadie, y la que sepulta a los dos principales partidos y a instituciones clave del país como la Corona en un vertedero de corrupción y podredumbre que nos pone dramáticamente ante los ojos que vivimos en un sistema económico, político y social que se ha colapsado.

En Sevilla, la huelga de los recogedores de la basura no es ni más ni menos que un episodio más de la pugna de los empleados públicos por mantener una situación de privilegio de la que ya no gozan los trabajadores de las empresas privadas, que se han tenido que adaptar a los tiempos que corren. Esos privilegios se les dieron, y aquí radica lo grave de la situación, porque los servicios públicos han estado regidos por políticos que no han dudado en despilfarrar el dinero de todos los ciudadanos para ahorrarse cualquier conflictividad o arrimar el ascua a su sardina partidista. No es este Ayuntamiento el que tiene la culpa de que las calles de la ciudad lleven una semana convertidas en un estercolero. Había que meterle mano a situaciones insostenibles, como la de la plantilla de Lipasam, y había que hacerlo con firmeza. Ceder sería una mala política y Zoido lo sabe. Otra cosa es hasta dónde va a poder aguantar el pulso el gobierno municipal. Una huelga de recogida de basuras es uno de los episodios más incómodos y que peor imagen puede proyectar de una ciudad y la imagen es, precisamente, uno de los pocos activos que podemos poner en valor.

La otra basura, la que emana de las alcantarillas del poder y de sus aledaños, no hay servicios mínimos que la puedan recoger. La pestilencia se ha hecho esta semana insoportable. Desde el presidente del Gobierno hasta la hija del Rey, pasando por donde ustedes quieran, aquí nadie se libra de la sospecha o de algo más que la sospecha. En medio de un paisaje desolador, con seis millones de parados y una población empobrecida y deprimida por la falta de esperanzas, si algo faltaba para certificar la defunción del sistema era la cascada de basura que nos está cayendo encima. Estamos asistiendo a una situación en la que se combinan intereses económicos y políticos por ahora inconfesables, pero que no tardarán en aflorar, con la incapacidad manifiesta de la actual clase política, a la que los acontecimientos superaron hace ya mucho tiempo. Que hayamos tenido un Zapatero y que tengamos ahora un Rajoy o un Rubalcaba es algo que no se merece ningún país por muchos pecados que haya cometido. La penitencia que está soportando España -o mejor dicho, muchos españoles, pero no todos- es a todas luces excesiva. Esto de vivir entre basuras es un castigo contra el que merece la pena rebelarse.

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