Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Pornografía

INTERNET es el glutamato de la sociedad contemporánea; un gran potenciador de casi todo lo que una persona hace: transmitir y recibir información, comprar y vender, trabajar, tener contactos personales. También potencia el consumo de pornografía, un gusto atávico del ser humano, particularmente del masculino. Una de cada diez entradas en internet busca sexo explícito. Aunque en los noventa esta proporción era nada menos que de la mitad, la pornografía ha ganado en volumen; sucede sólo que hoy mucha más gente hace muchas más cosas en el mundo en red. Se estima que existen unas 800 millones de páginas porno, y una muy principal entre ellas afirma suministrar ochenta mil millones de vídeos al año. Muchos sepulcros blanqueados ven la paja -por así decir- en el ojo ajeno y no reconocen la viga en el propio; pero estos datos sugieren que mucha más gente de la que pudiera parecer visita en la intimidad esta fuente irresistible de morbo, solo o en compañía de otros.

Pero quienes se escandalizan por tal cosa de forma más o menos farisaicamente pueden estar tranquilos: según los estudiosos de esta tórrida afición propia de nuestra especie, este vicio o forma de placer -escoja usted- no suele crear adicción, y no crea falos andantes ni zombis sexuales incapaces de relacionarse con el sexo opuesto (o el propio). La emancipación de la mujer, el descenso del porcentaje de violaciones y el hecho de que la gente sigue creyendo en el amor y la pareja avalan que el porno on line no aniquila el romanticismo ni está arruinando nuestras vidas.

Otra cosa es el creciente consumo de pornografía por parte de adolescentes. Si convenimos que uno de los grandes placeres gratuitos de la vida es el sexo, un don de -escoja- la naturaleza o de Dios, el porno hace un flaco favor al placer. Si un niño o niña que comienza a sentir deseo asume que las acrobacias, actitudes, dimensiones, prácticas no reproductivas y otros ingredientes del porno son lo normal, su potencial de frustración sexual es elevado. Las excesivas expectativas castran la satisfacción. Y eso, la verdad, es una verdadera pena. Porque si nos atenemos a los datos, la principal vía de educación sexual es la pornografía; atrás quedan escenas como la de Amarcord en la que los jovenzuelos encerrados en un coche viejo en un pajar -dónde si no- sugieren vecinas en las que pensar mientras desarrollan una sesión grupal de amor propio. Los pornistas adultos, para bien o para mal, no tienen remedio. Es con los adolescentes donde la cosa, en fin, está más jodida.

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