LA consejera de Gobernación, Clara Aguilera, prepara un decreto sobre las discotecas. Irá en la misma línea de los ya puestos en vigor en Cataluña -pionera también en este asunto- y Madrid y del que elabora la Comunidad Valenciana. ¿Esto es serio? Completamente: viene a llenar un vacío normativo. Un vacío que se ha ido poblando de múltiples incomodidades, injusticias y abusos, y también de algunas tragedias irreparables.

El decreto no regulará las discotecas en general, sino la actividad de los que controlan el acceso a las mismas. Es una actividad importante en el sector del ocio juvenil. Los porteros deciden quién entra en la disco y quién no. La decisión puede estar basada en las instrucciones emanadas de la propiedad del local, pero a menudo se convierte en discrecional, concepto que acaba siendo equivalente a arbitraria. También tienen encomendado, en general y en compañía de otros, el mantenimiento del orden en el interior y la superación de incidentes propiciados por el alcohol y otras sustancias, la desinhibición y la promiscuidad de gentes de todas clases. La noche es objetivamente peligrosa.

Es inconcebible, pero hasta ahora tan delicadas labores han sido encargadas a cualquiera. Cualquier individuo musculoso y con aire intimidatorio puede ejercer de portero en una discoteca. En muchos casos se ve claramente que estos cachas tienen dentro de sí mucho más gimnasio que cerebro. El decreto de Aguilera intenta remediar una situación tan cargada de riesgos. En adelante los porteros habrán de someterse a controles de drogas y a un test psicotécnico semejante a los que se imponen a los vigilantes de seguridad. Por eso, porque quien ha de velar por la seguridad de un colectivo ha de ser seguro él mismo, o sea, estable, equilibrado y con cabeza. Habría que pensar también en algún tipo de formación. Los porteros tratan con muchos individuos y su autocontrol debería ser una exigencia elemental. Que no creen problemas añadidos, sino que ayuden a resolver los que se presentan con frecuencia bajo las luces de neón y la música trepidante.

A menudo se critica que en España se legisla a golpe de titular periodístico. Se cambian las leyes bajo el impacto de sucesos horribles. Pero no hacer nada es peor. Si el apaleamiento hasta la muerte de un joven a las puertas de una discoteca ha de servir para que la autoridad reaccione, quizás haya que pensar que su desgracia no ha sido inútil. Un decreto como el que comentamos evitará que se repitan conductas abusivas propias de matones y hará de prevención contra otras muertes que acechan el ocio nocturno.

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