Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
NI opinión reflexionada, ni análisis riguroso, ni crítica documentada: sobre Juan Pablo II se está volcando rebaba, basura, resentimiento, odio. Tanto desde dentro (normal: las luchas intestinas y las traiciones empezaron cuando el Nazareno aún vivía) como desde fuera de la Iglesia (curioso el caso de estos ateos que tanto se apasionan opinando sobre cómo debe o no debe ser un Papa). Y se está usando a Juan XXIII para atizarle.
Sin hacer el juego a esta tropa, cuyo tono visceral mal encubre el odio a la religión, creo que la canonización conjunta de Juan XIII y Juan Pablo II es injusta para el primero. Juan XIII merecía haber sido canonizado antes y en solitario, para que la extrovertida, mediática y reciente figura del Papa polaco no le restara protagonismo. Sobre todo para recordar a los cristianos -porque hace 51 años que murió- quién fue Juan XXIII y qué representó. Y no me refiero a sus extraordinarias encíclicas -Mater et Magistra (1961) y Pacem in Terris (1963) sobre todo- o al trascendental Concilio Vaticano II que inauguró en octubre de 1962 con un histórico discurso de apertura.
Lo más importante del pontificado de Juan XXIII fue Angelo Giuseppe Roncalli, el hombre, el campesino de Sotto il Monte que desarrolló asombrosos talentos diplomáticos en difíciles misiones -Turquía, Grecia, Bulgaria, París- que nunca asfixiaron ni la inteligencia natural del campesino ni la honda fe y la sencilla bondad de quien -pese a sus altos cargos- siempre fue un cariñoso, próximo, comprensivo y muy humano cura párroco. Estos dones preservados durante toda su vida fueron la joya de su pontificado y le valieron ser llamado el Papa bueno y el párroco del mundo.
Fue querido por ateos y creyentes, intelectuales y gentes sencillas. Su bondad y su naturalidad desarmaban. Pasolini le dedicó su Il Vangelo secondo Mateo -la mejor y más emocionante vida de Cristo que se haya filmado, lo contrario del sanguinolento bodrio integrista de Gibson- con las tres palabras que mejor le definen: "Alla cara, lieta, familiare memoria di Giovanni XXIII". Querida, alegre y familiar: no hay mejor manera de referirse a la memoria de Juan XXIII. Merecía que la jornada de hoy se hubiera dedicado solo a celebrar su santidad tan sencillamente evangélica. Aunque al austero campesino Angelo Giuseppe y al sencillo cura Roncalli le habría encantado ceder el protagonismo a Juan Pablo II.
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