EL sentido del humor es mucho más que un síntoma de inteligencia. Resulta imprescindible para manejarse por esta jungla nuestra de cada día, donde nada ni nadie es lo que parece, ni lo que dice, ni siquiera lo que viste. Esos detalles sólo te dan pistas. Como al artista se la dan las críticas a su trabajo. Debe relativizarlas. Menos mal que Marcel Proust, Agatha Christie, Stephen King o John le Carré -entre otros muchos- no se tomaron muy a pecho el desprecio de algún lumbreras a sus primeras novelas. Hay que sobreponerse. Más en este país, donde o te tomas a guasa los titulares de la más rabiosa actualidad política y judicial o te puede dar un ataque de asco o quizá -a los más templados- de impotencia.

¿Cómo va a levantar cabeza un país que ha perdido definitivamente el respeto a los libros con genios muertos de desdén y analfabetos glorificados en las librerías, donde revuelven las tripas a las mujeres a golpe de moviola farisea, donde la igualdad de todos ante la ley es pura entelequia por mucho que algún juez valiente se empeñe y vuelva a empeñar, donde dirigentes obscenos juegan con fuego con señuelos de soberanos viajes a ninguna parte o donde algunos golfos apelan al instinto humanitario para espantar a sus condenas como a una mosca?

Un fiscal llegó a pedir dos años de cárcel para un pastor por coger 190 gramos de manzanilla en la Alpujarra granadina, aunque fue absuelto por la "absoluta ignorancia" del imputado, que desconocía que era una especie protegida. Cualquier paralelismo entre el celo del fiscal en este caso y el que se gasta ahora Anticorrupción con la infanta Cristina es una broma o lo parece.

La seriedad es el último refugio de los superficiales, así que ría mientras su alteza pone cara de póquer en la inopia, mientras la libertad procreativa de las mujeres se despeña, mientras los mapas del tiempo de TV3 dibujan a Cataluña segregada del resto de España o, sin ir más lejos, mientras los sinvergüenzas de cuello almidonado piden clemencia y -alguno- la firma. Para quitarse el sombrerito. Que sí, que lo decía un tal Sigmon Freud: "El humor es la manifestación más elevada de los mecanismos de adaptación del individuo".

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