LAS pruebas de diagnóstico realizadas en octubre pasado a los escolares andaluces de quinto de Primaria y tercero de ESO (con edades comprendidas entre los 11 y los 14 años) no han arrojado resultados malos. Los han arrojado peores. Peores que en cursos precedentes. La Agencia Andaluza de Evaluación Educativa hizo esta especie de cata entre 161.000 alumnos y la calidad detectada ha sido manifiestamente mejorable.

Salvo en matemáticas de Primaria, donde los estudiantes recibieron buena nota, en el resto de las materias evaluadas las notas han sido más negativas que en el curso anterior. El deterioro es notable en comunicación lingüística: lectura, escritura y comprensión oral. La mayoría de los niños y adolescentes andaluces no comprenden lo que leen ni lo que escriben, ni saben expresar lo que piensan. A este paso llegarán a la Universidad, y de ella al mercado de trabajo, perfectamente analfabetos, aunque, eso sí, con un ordenador cada uno. También puede ocurrirnos que nuestros estudiantes dominen el inglés y no sepan hablar ni escribir en castellano.

No he puesto los dos ejemplos al buen tuntún. Nuevas tecnologías e idiomas extranjeros son las dos apuestas que las autoridades educativas formulan continuamente como prioridades del sistema. La evaluación, que esta vez no ha venido de PISA ajena, sino de Agencia propia, le ha proporcionado a la nueva consejera, Mar Moreno, el diagnóstico que todo nuevo consejero de Educación parece requerir, y le ha dicho que antes que el inglés y el PC lo que los alumnos necesitan como el comer es aprender a hablar y a escribir en el idioma de Cervantes, que es algo que, según dicen, nos hace personas y no bultos.

Hace bien la consejera Moreno en no conformarse con estos resultados y en apelar a padres y profesores, sin cuyo trabajo y colaboración no serviría de nada lo que disponga la Consejería. Pero también haría bien ella en no acomodarse sin más a todos los presupuestos ideológicos con los que se ha construido el sistema de enseñanza en Andalucía. Algunos tendrían que revisarse. Por ejemplo, el igualitarismo a todo trance que conduce a la nivelación por abajo, la idea de que los estudiantes pueden siempre colocar la diversión por encima del esfuerzo (¡como si estuvieran en una guardería permanente!), el horror de que se considere al profesor como un elemento más del proceso cuya autoridad está en constante discusión o la peregrina afirmación de que la convivencia sólo puede asegurarse aceptando que los que no quieren estudiar impongan su ley a la mayoría.

Reconsiderar estas premisas, producto del pendulazo de una sociedad inmadura escarmentada del autoritarismo franquista, no haría a Mar Moreno menos socialista. Si acaso, más racional.

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