Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Saltamontes

E L galáctico discurso de Leire Pajín sobre el presidente ZP pertenece al guión de una serie. Por el carácter planetario podría parecer extraído de V o, fuera de contexto, un encendido elogio que esconde una trama tumefacta como la de Acusados. Aunque en verdad tiene toda la pinta de una opereta chusca a lo Hombres de Paco. En Estados Unidos siempre nos tuvieron gran ventaja en la creación de ficciones, pero con Pajín nos podemos poner ya a la altura de los mejores tiempos de Héroes o Perdidos.

Aquí hemos ido aprendiendo tarde, aunque ya los 70 se importaron sospechas que entreveían que la televisión estaba cambiando. Kung Fu fue una de esas primeras propuestas que experimentaban con los géneros del cine y su protagonista, pacífico, filosófico, pero con muy mala leche, se adelantó en un par de decenios a lo que abundó años después en el plasma. David Carradine tenía aspecto oriental y en España creían que, efectivamente, era chino. Su elasticidad con los abductores dio idea a muchos niños que se aficionaron en los recreos a pegar patadas chinorris. El Pequeño Saltamontes de aquellos flash backs de la sabiduría (otro detalle muy posmoderno), resguardado del sofocante sol del Oeste, descalzo y parsimonioso, iba a la búsqueda de su hermano. Kung Fu baqueteaba el más sincero western con las películas de Bruce Lee y en España se emitía en el trasnoche de los sábados, el regalo de la semana de TVE, en una clásica franja en la que se ubicaban los bombazos norteamericanos desde Los intocables o El fugitivo a Kojak. David Carradine fue descubierto por los cachorros del nuevo siglo en Kill Bill y hace un decenio y medio hizo una lamentable secuela de Kung Fu en la que parecía siempre moverse en cámara lenta. David Carradine ha aparecido muerto, pero, errabundo, sigue perfectamente vivo en la memoria colectiva.

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