Cuchillo sin filo

francisco Correal

Salvados

CARLOS Herrera entrevistó ayer a Diego Valderas, que confundió a David (Gistau) con Justino (Sinova) porque se siente Goliath en el tándem de la Junta. Alcalde de Bollullos del Condado, presidente del Parlamento andaluz y vicepresidente de la Junta de Andalucía. Ha salido airoso de pinzas y de garfios. Su socio y rehén palaciego, José Antonio Griñán, le abre hoy las puertas de San Telmo, en el salón de los Espejos, que suena a atracción ferial de la calle del infierno, a Pepa Bueno y Gemma Nierga. La Ser en la salita de estar.

Periodismo y política. Una relación siempre dialéctica llena de silencio y vociferio, de célibes y promiscuos. El presidente del Gobierno se disfrazó de Lewis Carroll para viajar desde la miseria al país de las maravillas. Y Rubalcaba, que ha sido ministro con Felipe y con Zapatero -se estrenó con cartera y sin donuts en plena Expo 92-, se autoinventa como delfín de sí mismo. ¿Cómo va a responder de herencia alguna quien reniega de heredero? Dicho con voz de cantante italiano: la vida es así, no la he inventado yo.

Si quieren de verdad solucionar los males del país, Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría, su aplicada meritoria, deberían cederle el timón de esta nave a los nuevos reyes catódicos: Jordi Évole y Toñi Moreno. Uno en la Sexta, otra en Canal Sur, son los dignos herederos de la Voz del Sinchi, aquel taumaturgo radiofónico que Vargas Llosa modeló en Pantaleón y las visitadoras. La indignación y la lágrima, la tragedia y el dramón, en el mismo soporte televisivo. Un país que necesita de estos arreones mediáticos para movilizarse es un país enfermo. O quizás hay gato encerrado. El mismo sistema que produce esos desajustes que abren abismos insondables en los de siempre, Los de abajo con el nombre de la novela de Mariano Azuela, se inventa unos mecanismos compensatorios para liberar malas conciencias y sentimientos de culpa. La furia o la generosidad, muchas veces caras de una misma moneda, se convierten en espectáculo y el currito paga dos veces: al que le hace el daño y al que se enriquece por explotar esos sentimientos a flor de piel.

En el camino, lógicamente, hay buenos profesionales, empezando por los nombres propios unidos a sendos programas. Pero así ha sido siempre desde que William Shakespeare recorría con su teatro la campiña inglesa desnudando falsedades. Lo dice Hamlet: se puede sonreír y sonreír y ser un villano.

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