La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

De Santa María la Mayor a la Blanca

El atardecer del día de las Nieves parecía más de triduo en Las Teresas que de víspera de novena en la Catedral

Es habitual que febrero regale alguna tarde de marzo, pero no que agosto obsequie una de finales de septiembre o principios de octubre. Lo hizo el lunes. Pasadas las ocho subimos a tender y nos encontramos con la sorpresa de una limpia y dorada luz otoñal que perfilaba con exactitud los contornos de las torres, las cúpulas y las espadañas dándoles un baño de oro. Como era el día de las Nieves pensé que a lo mejor era la tibia forma en que la calurosa Sevilla celebraba la nevada milagrosa que el 5 de agosto del año 358 cayó sobre el Esquilino de Roma para indicar donde debía alzarse la primera iglesia que en Occidente se dedicó a la Virgen, la basílica de Santa María Maggiore en la que cada 5 de agosto se recuerda el milagro con una lluvia de pétalos blancos. El verano romano es duro. Lo sé bien porque viví tres allí con sus duros inviernos y sus suaves primaveras y otoños. Pero no puede compararse ni en grados ni en duración con el sevillano. Por eso, tal vez, lo que allí fue la nevada milagrosa de agosto aquí tomó la forma de ese insólito atardecer otoñal.

Mientras desde mi azotea veía a Sevilla vestida de luz de otoño, en Santa María la Blanca -para la que Murillo pintó El sueño del patricio Juan y El patricio Juan y su esposa revelan su sueño al Papa recordando el milagro romano- se celebraba solemne función en honor de la Virgen de las Nieves, sobre cuyo Simpecado había caído en la medianoche una romana lluvia de pétalos blancos.

Hermosa manera de celebrar las Nieves esta de bañar la tarde de principios de agosto en una luz de septiembre u octubre. Más disfrutable como deliciosa excepción por el contraste entre la dorada suavidad del atardecer y el rigor de la mañana. Porque el lunes era también el segundo día de besamanos de la Virgen de los Reyes y esa mañana la cola que atravesaba la plaza de la Virgen de los Reyes hasta la embocadura de Mateos Gago soportaba un sol despiadado caminando a pasito corto hacia la sombra que aguardaba tras la Puerta de los Palos como si fuera una caravana de esclavos atravesando el Sahara. Sombrillas, paraguas, abanicos y sombreros hacían lo que podían, que era poco, para defenderse de la solana hasta que se alcanzaba la sombra gótica.

Así este día de las Nieves tuvo una mañana de agosto y un atardecer de finales de septiembre o principios de octubre que parecía más de triduo en Las Teresas que de víspera de novena en la Catedral.

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