| La campana |

José Joaquín León

Sensibilidad con los cinco sentidos

Fue un Domingo de Ramos como sacado de un sueño · Empieza una Semana Santa con muy buena pinta, pero también demasiado frágil · Una farola en mal sitio o una voz a destiempo pueden alterar todo

DOMINGO de Ramos espléndido, con ese puntito de calor que gusta en este día inicial de la Semana Santa, con la confianza que daba ese cero patatero por ciento de posibilidades de lluvia. Así las cosas de arriba, sólo quedaba disfrutar, redescubrir la Semana Santa en la plenitud de su bonanza. Domingo de Ramos para los cinco sentidos, para el tiempo y el espacio de cada cual, para el reencuentro con esos escenarios que nos cautivaron y aquellos que descubrimos inesperadamente.

Domingo de Ramos para comprobar también que la Semana Santa es sensible, demasiado frágil quizá. Entre los cinco sentidos cofradieros, la vista es posiblemente el más delicado. Se nota en las fotos que hacemos en Semana Santa. ¿Para qué hacemos fotos? Si no tenemos aspiraciones de perpetuarnos en el Archivo de los Serrano, ni somos Ruesga Bono, ¿para qué nos dedicamos a hacer clic en la cámara digital, o reconvertimos los teléfonos móviles en camaritas? Es inexplicable objetivamente este abuso del objetivo, un impulso que nos apremia de repente sin que sepamos las causas. Después de hacer votos de no hacer fotos este año, resistí poco tiempo. A las seis de la tarde ya había desenfundado la cámara en la Alameda ante el paso del Cristo de la Buena Muerte. Y entonces, ¡oh perdición! Descubrí que una de las farolas nuevas me la había estropeado. ¿A quién se le ocurrió poner esa farola en la Alameda? ¿No vio que se cargaba todas las fotos de la Hiniesta? Un desastre. La culpa en esos casos siempre se le echa al alcalde, que pasaba por allí. Monteseirín y Zoido iban en la presidencia del paso de palio. El alcalde miraba a la izquierda y el líder de la oposición a la derecha, y luego al revés, como articulados, una sonrisa detrás de otra. Esta cofradía es municipalista hasta en los preciosos candelabros de cola, con sus maceros, que labraron los hermanos Delgado.

Hay que cuidar los fondos de la Semana Santa. Antes y después de esto estuvimos en la plaza de la Encarnación. Antes con La Cena y después con San Roque. Con La Cena el caso es desigual, porque son tres pasos que atraviesan el trago de la calle Imagen con diferente estilo. Lo pasa mejor que ninguno el misterio eucarístico, que nos aparta visualmente mejor del entorno. El Cristo de la Humildad y Paciencia nos llega mejor en espacios más recogidos. Y a la Virgen del Subterráneo no hay que verla allí, sino más metidos entre los naranjos de la calle Doña María Coronel.

Más tarde, por la Encarnación pasa San Roque. A esas horas ya estaba desatada la cámara y cuando llega el Señor de las Penas, ¡clic! ¡Y aparecen las setas! Escenario anticofrade. Vamos a la otra acera. ¡Clic! Y aparecen el Señor y el Cirineo, y al fondo la Anunciación, con la arboleda, y con la luz dorada de una tarde que empieza declinar. ¡Qué bonito! Es verdad que debemos buscar el lado bueno de las cosas. Curiosamente, el lado bueno es el de la derecha. Lo pongo porque es verdad. La culpa es del alcalde.

Pero el alcalde sigue a lo suyo, que es sonreír por aquí y por allí. Zoido, mientras, sonríe también, pero para el otro lado de las cosas. Ya están entrando los dos en la Campana, con Adolfo Arenas esperando en el palquillo patibulario, no para verlos a ellos, sino para ver en vivo y de cerca a su cofradía. La expectación es grande. Desde hace varios días se viene anunciando que la entrada será memorable. Por primera vez desde hace no sé cuantos años sonarán tres violines, acompañando a la Banda del Carmen, de Salteras, cuando toque Estrella Sublime. Y suenan los violines, pero no se oyen apenas, entre el rumor del bullicio. ¡Callarse, hombre, que es un momento histórico! Llevamos varias décadas sin que suene un violín en la Campana y lo van a fastidiar. Suenan los pregones de los capataces, pero los violines no. La verdad es que se oía mejor la flauta de Rocío, por poner un ejemplo, cuando le tocaron esta marcha a la Virgen de Gracia y Esperanza delante del monumento de Santa Ángela de la Cruz.

Los cinco sentidos están presentes en la Semana Santa. Hay capillitas con olfato, que saben diferenciar el incienso de la Borriquita del de Jesús Despojado, y no digamos el de la Amargura, que es de los finos. También hay gente con mucho tacto, que no deja de tocar los pasos, no sabemos muy bien para qué, pues nunca un paso hizo un milagro. Sólo son milagrosos los Sagrados Titulares que van arriba. Pero unos que tocaron el respiradero de la Virgen de la Paz en el Parque se van después a Triana, seguro que para tocar el respiradero de la Estrella.

También es cuestión de gusto, otro sentido. Y no me refiero a merendar torrijas, algo muy recomendable en esta tarde. Con los años nos hacemos más viejos, y nos dan gustos diferentes. Ahora me gusta La Paz más de noche que de día. También me atrae La Cena cuando deja los bullicios de la Alfalfa. A la Estrella la busco por la plaza del Triunfo. Y a la Amargura, cuanto más de noche mejor, que es como si su Amargura fuera más amarga, como si su dolor se hiciera más hermoso según se tizna su rostro de lágrimas, según parece callarse San Juan, ronco ya por no decir nada. Y así el Amor vuelve a ser el contrapunto perfecto del día con más amor.

Esto es tan frágil y delicado que se altera hasta con una farola mal puesta, o con una voz a destiempo que tapa la música de un violín.

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