TIENE en su mirada, la memoria de haber acunado a Dios. Recuerda la misericordia en favor de cada uno de los humildes que la visitan. No olvida esta Muchacha de San Gil, la ternura de Dios que contempló en el pesebre. Ni siquiera en la mañana del Viernes Santo -cuando la Sentencia de Cristo vuelve abrigada por su barrio- la promesa del tercer día. Por eso, todos esperamos clavando nuestra fragilidad en la certeza de su Esperanza. Siempre epifanía en el color de sus ojos. Aquellos que han contemplado a Dios hecho Palabra. Creyó y esperó.

Todo en Ella es leve, menudo y frágil. Quizás por eso atraviesa suave pero ciertamente las noches largas de nuestra alma. Te nombro porque te necesito. Posiblemente, porque hayas estado ahí, siempre, como la mejor de la casa. Allá donde se humedecen los ojos de los tuyos, tan tuyos, solo con nombrar el azulejo de tu nombre. Aquel que dibuja la cal, la luz y la certeza. Macarena. Quizás porque aprendimos a adivinarte desde el atrio de tu basílica.

Sabemos que te anticipas a nuestros vacíos y que nos prometes la luz que nos espera. Te soñamos en tantas travesías de la vida, en las cuales necesitamos la mano tendida de una madre. Heridos por la vida, te nos amaneces siempre. En la enorme, infinita generosidad de tu mirada, acogerás a los náufragos de la vida, que regresarán menos desamparados. Se cumple en cada encuentro de tantos contigo, en el atrio de tus manos, la misericordia de Dios.

En estas vísperas robadas, laceradas al alma de la verdad custodiada mucho antes que nosotros. Expuesta en descampado. Donde el ruido se impone tantas veces al sonido de lo auténtico. Donde no hay emoción en lo que se espera, porque no concluyó nunca. Vaciados del Dios que nos prometes. Donde asistimos -pasivamente o no- a la confusión donde brillaba la medida. Nos amaneces, Esperanza, para que no nos perdamos.

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