En tránsito

Sistema y antisistema

No hay nada más propio de este sistema que aplasta a los débiles que el dueño de un perro peligroso

Por la calle me cruzo con un tipo cubierto de tatuajes. Lleva rastas, una argolla en la nariz y tiene una mirada feroz con la que va desafiando a la gente que pasa. Camina como si con cada pisada estuviera aplastando algo que le molestara mucho: qué sé yo, el capitalismo, la familia represora, la vida burguesa, esta sociedad corrupta que tan mal lo ha tratado. A su lado va un dogo argentino muy grande, sin correa. El dogo se mueve de forma tan amenazadora como su dueño, o amigo, o compañero, o comoquiera que ese tipo defina la relación que le une con su mascota (aunque mascota es una palabra inexacta para definir a una bestia que podría hacernos picadillo en menos de un minuto). Un niño se agarra fuerte a su madre cuando el perro pasa a su lado. Por supuesto que un bicho así tiene que ir con correa, o incluso bozal, pero llevarlo atado supondría restringir la libertad del animal, o quizá causarle estrés o algún oscuro trauma canino.

Es innegable que este tipo se considera un antisistema que vive oprimido por una sociedad injusta y decadente. Y es cierto que todos los signos externos -los tatuajes, las rastas, el perraco suelto- lo identifican con el arquetipo platónico de lo que juzgamos como una actitud antisistema. Pero me temo que estamos equivocados. No hay nada más parecido a este sistema que protege a los poderosos y aplasta a los débiles que alguien como él, que se pasea con un perro peligroso que podría hacer fosfatina a cualquier niño o al primero que pase por la calle. Ni hay nada más típico de este sistema que la actitud chulesca de quien desprecia a la gente con la que se cruza por la calle, a la que considera inferior y a la que se cree con derecho a maltratar y a humillar.

Por suerte, como cree el gran Adam Zagajewski, la vida está compuesta de horror y maravilla. Cinco minutos después de cruzarme con el supuesto antisistema, veo a un hombre de su misma edad que lleva cogido de la mano a un discapacitado (su hijo o su hermano, eso es difícil de saber). En todo momento, el hombre trata a ese hermano o a ese hijo con afecto, con cariño, con amor. Según nuestros esquemas mentales, este último ciudadano es el típico representante del sistema, el burgués que cree en la familia y en los valores tradicionales, el rutinario, el cobarde, el vendido. Estamos equivocados. Este hombre es el verdadero rebelde antisistema.

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