La ciudad y los días

Carlos / Colón

Sólo Rocío

20 de mayo 2013 - 01:00

OÍA ayer por la radio, mientras escribía otro artículo, el Pontifical que se oficiaba en la aldea del Rocío. Y acabé escribiendo este. Se leían textos hermosísimos de los Hechos de los Apóstoles, de los salmos -el 103: "Les retiras el aliento, y [tus criaturas] expiran y vuelven a ser polvo; envías tu aliento, y los creas"-, de las cartas de San Pablo y del Evangelio de San Juan. Más el conmovedor y antiquísimo Himno que invoca al Espíritu Santo llamándole "descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos". Palabras hermosas escritas hace 3.000 y 2.000 años que las bocas judías y cristianas no han dejado de pronunciar.

A ellas se sumaban los cantos del coro del Rocío de Triana, invitado por la Matriz de Almonte para celebrar el bicentenario de la fundación de la Hermandad sevillana. Cerraron, como es costumbre, con las sevillanas de la Coronación que escribiera Muñoz y Pabón en 1919: "No es obra humana / La Virgen del Rocío / Que bajó una mañana / Eso sería / Para ser Reina y Madre / De Andalucía / Pocito del Rocío / Siempre manando / Lo mismo que la Virgen / Siempre escuchando". 94 años hace que se le cantan y parecen nuevas; porque las oraciones, si son sinceras, siempre se dicen o se cantan por primera vez, sin que quepa la rutina de la repetición.

Tras las antiguas palabras y los cantes hermosos empezó la espera. Cuando usted lea estas líneas la Virgen del Rocío estará navegando por la aldea -"no hay quien te lleve, Paloma"- sobre el bravo mar almonteño, como una barca de plata que la marea humana hubiera arrancado del santuario para llevarla de Simpecado en Simpecado. Flota, parece hundirse, resurge, avanza, se para y reemprende su travesía sin perder la majestad ni la sonrisa.

Allí están hoy María, Borja, María Luisa, Alfonso, Meli, María José, Félix, Ignacio, Teresa, Gerardo, Rocío, Fernando, Isabel, Pedro, Chica, Alejandro, Nacho, Esperanza, Santiago, Isa, Antonio, Adela, José Antonio el revolcao, Susana, Juan Ignacio… Tantos y tantos familiares y amigos junto a la Virgen. La única razón de ser del Rocío, su centro, su entraña, su cumbre, lo que lo ha mantenido vivo a lo largo de ocho siglos. Todo gira en torno a una cara enmarcada en el relicario de un rostrillo, una mirada baja de novicia y una sonrisa de madre. No hay más. Solo Rocío, la hermosa y sabia Virgen del Rocío.

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