DE POCO UN TODO

Enrique / García-Máiquez

Temporada otoño-invierno

VARGAS Llosa presume de trabajador. Por eso no comulga con el cristianismo, dice, como si éste recomendase il dolce far niente o él estuviese conforme con todas las ideas de la Iglesia. Simplemente no ha leído bien el Génesis, donde se aclara que Dios puso al hombre en el paraíso "para que trabajara". La maldición vino tras el mordisco al fruto y no consiste en el trabajo, que es paradisíaco, y más ahora, con tanto paro, sino en el sudor de la frente.

Maldición bíblica auténtica, el vestido. Se la autoinfligen Adán y Eva cuando, avergonzados, se cubren con las hojas del árbol del bien y del mal. No soy partidario de andar desnudos a estas alturas y, sobre todo, a estas anchuras; pero constato el hecho de que con los irremediables vestidos entró en el mundo una tortura más para el hombre.

Empieza muy pronto, cuando de niños la tela escuece y pica. Y a partir de ahí, va a peor. ¿No es un castigo, acaso, que uno vaya a una cena con viejos amigos preocupado, aunque sea levemente, de si su corbata entona o si sus lunares están de moda o si los botones del traje deberían ser dos o tres o si ha de llevarse abierto o cerrado, o azul o gris? Y eso, en el limitado margen de los hombres. Para las mujeres resulta aún más complejo.

La ropa de diario también genera dudas. Antes, en tiempos menos felices, pero más tranquilos, mi mujer me combinaba la ropa, y yo iba muy bien. Una vez no lo hizo, y una alumna lo vio al vuelo: "¿A que hoy su mujer no le ha elegido la camisa?". Todavía me pregunto cómo pudo adivinarlo. Ahora me visto solo (y con esfuerzo, porque mi ropa ha encogido al unísono) y cuando bajo, mi ocupada mujer me pega un vistazo y me anima a subir, a intentarlo de nuevo. Quizá piensa que subiendo y bajando escaleras vuelvan a sentarme bien los pantalones.

Hay algo humillante en que la ropa sea lo primero que hable de nosotros, incluso de mí, que no callo. Tras el cataclismo del paraíso, las cosas son así y no queda otra que cuidar el armario. Pero, ¿no es una lástima el tiempo que perdemos y las energías y la seguridad y el dinero por culpa de la ropa y sus modas movedizas?

Amancio Ortega no estará de acuerdo con este artículo; ni Amalia Bautista, que escribió el poema La confesión de Adán, donde éste entona un felix culpa: el pecado, por suerte, nos metió hasta el cuello en las seducciones de las telas, canta, encantado. Por si me reconvierten, me han regalado El gran libro de los hombres, donde se dan consejos muy pertinentes sobre la indumentaria del caballero. Ya les contaré, aunque lo ideal sería que lo notaran ustedes sin que yo les cuente nada. Ya les contaré.

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