La ciudad y los días

carlos / colón

Tiempos bárbaros

LAMPEDUSA. Embarcación incendiada. 500 inmigrantes ilegales hacinados en ella. Pánico. Vuelco. De momento 94 cadáveres recuperados, entre ellos dos mujeres embarazadas y tres niños. 155 supervivientes. ¿Y el resto, unos 250 náufragos? A media tarde no se sabía nada. Un superviviente afirma que fueron vistos por tres pesqueros que no les socorrieron. Pero hay que saber que se ha multado a pesqueros por ayudar a náufragos, acusándoles de cooperar con la inmigración ilegal. Las autoridades de Lampedusa están desbordadas ante esta tragedia sin precedentes. Ya lo estaban por los cientos de inmigrantes que llegan a estas costas. Poco antes de esta tragedia habían desembarcado 463 inmigrantes, se habían salvado 177 sirios en las costas de Siracusa y el lunes pasado murieron ahogadas 13 personas en Scicli. En lo que llevamos de 2013 han desembarcado unos 2.800 sirios en Italia, mientras que en 2012 fueron 582 y en 2011, 328: el tráfico de seres humanos se ha convertido en un próspero negocio en aquel país.

"Vergüenza, sólo vergüenza es la palabra que se me viene a la boca", ha dicho el Papa al saberlo, interrumpiendo un discurso. Italia pide desesperadamente ayuda a la Unión Europea. Ésta promete más ayuda, pero nunca llega en proporción a lo desesperado de la situación. En cambio se permiten criticar: "Italia -ha dicho en un comunicado la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa- necesita desarrollar una política coherente para detectar, identificar, informar y registrar a inmigrantes irregulares, demandantes de asilo y refugiados que llegan a sus costas, y para devolver a quienes no necesitan protección internacional". Injusto: ¿Cómo afrontar esta incesante avalancha y tragedias como la de ayer? ¿A qué llama el Consejo de Europa una política coherente? ¿Cómo es posible que no se entienda que no se trata de un problema italiano o español -recientes están las escalofriantes imágenes de la avalancha humana sobre el muro de Ceuta- sino europeo y mundial?

Una tragedia a la que ni se quiere, ni se sabe, ni tal vez se pueda dar solución. El colonialismo, primero. Algo mucho peor después: las pésimas condiciones en que se descolonizó. Los regímenes corruptos y crueles. El clima y las incesantes guerras. Las soluciones que son peores que los problemas, como las tan estúpidamente celebradas primaveras árabes que son una de las causas de estas avalanchas. Tiempos bárbaros.

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