Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
COMO peces grandes que recortan a los más chicos en la cadena trófica de la austeridad, desde el exterior, allá por 2010, se impuso al Estado español una política de emergencia presupuestaria, que el Estado trasladó -y sigue trasladando- a autonomías y municipios. Así pues, urgidos más por la presión de poderes exteriores que por la oscura perspectiva de las cuentas públicas, los dos últimos gobiernos de este país emprendieron -aquel mayo de 2010 en que Merkel llamó a Zapatero... achtung!- la senda del ajuste fiscal público. Al principio, la práctica recortadora era más bien una motosierra de la Matanza de Texas, que propinaba con discutible criterio sangrantes arreones a diestro y siniestro sobre las partidas de gasto de mayor enjundia y más inmediatas, particularmente sobre los socorridos salarios de los empleados públicos. En ese último periodo de Zapatero y primero de Rajoy, el Estado ya comenzaba a asumir la fosa de las Marianas patrimonial de los balances de muchas cajas y algunos bancos del país. La "primera prioridad" era evitar que un efecto dominó de insolvencia: el apocalipsis debía ser evitado. A regañadientes, fuimos convencidos de que dejar caer a los bancos era lo peor del mundo, y si bien sus accionistas sí han visto caer el valor de sus acciones, aquí nadie ha perdido un duro por sus depósitos (olvidémonos; el Fondo de garantía de Depósitos no hubiera podido garantizar ni un pequeño porcentaje de los ahorros que los españoles mantienen en los bancos). El mayor recorte ha sido el flotador lanzado por usted y por mí a la banca, previo crédito descomunal venido de Europa.
Después de la motosierra tejana, y aparte de los salarios públicos, el proceso recortador se llevó por delante lo que pudo haber sido y no fue de la Ley de Dependencia, y la austeridad se vistió algo más de ingeniería, comenzando la fase Eduardo Manostijeras, en la que, como aquel personaje encarnado por Johnny Depp, el Estado recortaba aquí y allá con aparente pericia y criterio, pero a la postre el jardín resultaba quedar raro y contradictorio: la subida de impuestos, hermana izquierdosa del recorte, comenzó a ser utilizada -y cómo- por la derecha al subir a lo bruto el IRPF, el IBI y, sobre todo, el IVA; todo lo contrario de lo prometido en el programa electoral. El copago farmacéutico y el medicamentazo, los tajos inmisericordes a las prestaciones a inmigrantes ilegales, el subidón a las tasas universitarias, la limitación del derecho de defensa jurídica para los menos ricos que el gallardonazo de las tasas judiciales supuso, junto con acertadas medidas de alivio financiero a los ayuntamientos (el llamado "pago a proveedores") o la prórroga de los 400 euros mensuales asegurados a quienes carecen de empleo o de prestación fueron rasgos de esa segunda fase de adelgazamiento.
Ahora vamos a acceder a los encuentros en la tercera fase de este gran proceso español de "consolidación fiscal", como llaman a los recortes y a las subidas de impuestos los analistas de mayor asepsia expresiva. No sabemos con qué cadencia, debemos dar por hecho que esta tercera fase no será tanto una etapa de fenómenos paranormales en política económica, sino un nuevo apretón a las tuercas de las familias con un destornillador que dará más de 250 vueltas, que es el número de medidas previstas por el Gobierno; entre ellas: más copago (el euro por receta ya está aquíííí...), justicia y enseñanza más caras, menos profesores y más alumnos por profesor, otro tajo a los funcionarios -especie en acelerada metamorfosis-, y unas pinceladitas cosméticas y aún inconcretas de racionalidad y eliminación de duplicidades en el poliedro competencial llamado España. Autonomías, prepárense. En concreto, tú, Andalucía. Eres la víctima propicia para el arreglo catalán.
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