Visto y oído

Antonio / Sempere

Trueque

MI relación con el dinero es difícil. Hace mucho que decidí apearme de él. Prescindir de él. También en los tiempos que decían de bonanza. Y así sigo. Tratando de hacer lo que me gusta. Aquello por lo que siento vocación y me realiza como persona. Escribo mucho. Doy clases. Distintas formas de comunicar, al cabo. Y claro que todo ello me genera unos ingresos. Modestos. No tanto buscados como generados por un sistema. Lo que no me obliga a gastar lo que gano. Me preguntan por mi fórmula. No hay ningún secreto. Tengo acceso a todo lo que es gratuito, y renuncio a lo que no lo es. Sobrevivo con lo mínimo. Cuando oigo esa cantinela repetitiva de que hay que comer, y les puedo asegurar que la escucho desde mis tiempos de estudiante, cuando ni ustedes ni yo imaginábamos qué nos iba a deparar este siglo XXI, en mi fuero interno tenía muy claro que para comer, incluso para cenar sano, no hacía falta tanto. Que nos complicábamos la vida. Muchísimo. Y me obstiné en mi decisión. Hasta el punto de vivir un contencioso permanente con los ingresos. Incómodo, no voy a negarlo. Teniendo claro que ser austero no es lo mismo que ser tacaño. Combinando todo ello con la práctica de la generosidad, para nada incompatible con mis principios. Maximizando todo lo público. Habiendo evitado usar un solo taxi. Y así todo.

Ahora que lo pienso, mi condición de teleadicto era poco menos que un destino. La televisión llena el ocio gratis. A cambio robarme un tiempo valioso, me dicen los provocadores. Pero yo me entiendo. Las imágenes que veo en ella estos días, de Somalia al Íbex, me turban. También la de las comilonas exquisitas que se anuncian en el Festival de San Sebastián, uniendo gastronomía y cine. Y todo ello me enroca en mi utopía: viva el trueque.

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