Paisaje urbano

Trump, un epílogo a la altura

Nunca he entendido bien la pasión que le vienen demostrando tantos amigos y conocidos a Trump

Donald Trump vive sus últimas horas al frente del país más poderoso del mundo entre la decepción de algunos, el irredentismo de otros, y la incredulidad asombrada de la mayoría, todavía no repuesta de aquella sucesión de episodios grotescos en la majestuosidad atacada del Capitolio. Podíamos adivinar cierta peligrosidad en la catadura ética y estética del personaje, nuevo tipo de mandatario outsider que tan bien ha caído en muchos sectores de la sociedad, no necesariamente conservadores, pero pocos podían imaginar que en su última batalla electoral fuera capaz de arremeter su barco a la deriva contra los muros de la más consolidada solidez institucional.

Confieso que nunca he entendido bien la pasión que le vienen demostrando tantos amigos y conocidos, gente de orden, fieles defensores de la ortodoxia familiar y misa de nueve. Un tío con esa pinta zafia y gansteril, ricachón y mujeriego, y por educar, al que ni siquiera dejarían entrar en su caseta, convertido poco más o menos que en el faro de cierto pensamiento conservador ahora en boga. Argumentan para defender lo (ya) indefendible que sobre sus indiscutibles excesos predomina su atribuida condición de dique tradicional y conservador ante los imparables excesos de la izquierda radical y nihilista dominante. Es habitual, desde este punto de vista, el aplauso ante su vehemente posición contraria al aborto o su gestión económica, y posiblemente hubiera revalidado el triunfo si no hubiera sido devorado por la pandemia, pero ello no esconde su condición de tiburón de la política incompatible con un escenario global pacífico y estabilizado.

En realidad, el éxito de un tipo como Trump y su estrepitosa caída, y así viene ocurriendo con otros casos más cercanos, no es más que otra consecuencia de la extrema polarización, azuzada por la furia descontrolada de las redes sociales, de una sociedad perdida e insatisfecha que encuentra en estos salvapatrias de ocasión la mejor manera para expresar su descontento. Poco sabemos del próximo presidente Joe Biden (otro personaje oscuro donde los haya), pero sobre todo esperamos que devuelva a los Estados Unidos de América su condición de primera potencia occidental y que, como tal, asuma su responsabilidad y coopere de manera leal en un mundo global cada vez más complicado. Y si, después, su economía sube como la espuma, mucho mejor para ellos.

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