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Llega agosto, el supuesto mes de la calma, y millones de personas abandonan sus cuarteles de invierno en busca de destinos míticos, playas, paisajes y ciudades que anidan en el inconsciente colectivo como sucursales del paraíso. Son hoy tantos, y tan irrespetuosos, que sus receptores empiezan a considerarlos como una plaga destructiva que les quita más de lo que les da. El flujo incontrolado de turistas masifica costas, altera la vida cotidiana de plazas monumentales y, lo que es peor, amenaza con robarles su cultura y su sentido.

No deja de ser paradójico que un sector considerado esencial en numerosas economías esté mutando tan rápidamente en gravísimo problema, en plaga que enoja e indigna a sus otrora hospitalarios beneficiados. Tal rechazo, a veces violento, deriva de una profunda sensación de pérdida: hay enclaves que están dejando de ser lo que fueron, que están malvendiendo su alma secular al diablo de una prosperidad mendaz e intermitente.

El fenómeno, que tiene sus paradigmas (Venecia, Barcelona, Ámsterdam, París…), se extiende como el aceite. Proliferan, en el sur y en el norte, las zonas que, durante la temporada alta turística, pierden por completo su carácter y se transforman en abarrotados parque temáticos, en inmensos e invivibles circos.

Las consecuencias son fácilmente apreciables: el lugareño se marcha, emigra de un hábitat que le han arrebatado; las joyas naturales y humanas se degradan; las calles y caminos rebosan de invasores negligentes que matan por un selfie y, al tiempo, ignoran la historia y el porqué de cuanto encuadran; el comercio se uniforma, plegándose a la prisa y a la necedad de los devoradores de experiencias; los barrios se convierten en gigantescos hoteles; apenas quedan tesoros a salvo de una marabunta que viene, fotografía y se va.

¿Ventajas? Pues casi ninguna. La ganancia de ese turismo de cardumen suele acabar en los bolsillos de grandes multinacionales que, a cambio, dejan la propina de un empleo precario y mal pagado. ¿Soluciones? Pues también muy pocas. Ponerle coto a la moderna hipermovilidad (con tasas, restricciones, etc.) se me antoja una tarea compleja y de eficacia dudosa.

Es, al cabo, el mundo que nos toca. Arriba otro agosto maldito, de multitudes y empujones, de banalización y vulgaridad, de ansiedades incomprensibles. Nada que ver con el verdadero descanso. Ése que ya uno casi sólo encuentra en el confortable silencio de su reposado hogar.

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