Doble fondo

Roberto Pareja

Verlo para creerlo

LA política es la segunda profesión de la historia y a veces se parece mucho a la primera, al oficio más viejo del mundo. Muchos chisgarabís compartimos en los momentos de mayor desasosiego la descarnada consideración del ex presidente de EEUU Ronald Reagan, ese icono neoliberal que, con la inestimable dupla de Margaret Thatcher, desmitificó las bondades del Estado de bienestar en su calidad, según sostenía el dinámico dúo, de fábrica de momios e infraclases parasitarias ansiosas de derechos y más derechos sociales sin apenas dar nada a cambio. Y luego pasa lo que pasa, que el personal acaba tan sumamente alienado por el frenesí de la sopa boba que pierde los papeles y no sólo parece no importarle demasiado que le roben los que ha designado como administradores de su dinero sino que hasta les da -con una fe más inquebrantable que la del carbonero o la de la afición del Atlético de Madrid- otro voto de confianza en las urnas. Parafraseando al vaquero de la Casa Blanca, ¿es que además de puta ponen la cama?

Algo así es lo que viene ocurriendo en la Comunidad Valenciana, donde los casos de corrupción del partido gobernante, el PP, no han hecho sino afianzarlo en el poder a lo largo de los últimos años, una sinergia con la que no han podido ni su condición de segunda comunidad más endeudada de España (tras Cataluña) ni Carlos Fabra, ni los líos de Gürtel, de Nóos o los trajines de Francisco Camps. Y no es que los valencianos sean masoquistas y le hayan cogido más gusto al chorizo que al jamón de bellota. Bien podrían proclamar, che, que en Andalucía viene ocurriendo tres cuartos de lo mismo. La corrupción no tiene siglas. Del negro al negrero a veces sólo hay un paso: la oportunidad. Y sin una alternativa sólida, la deseable alternancia seguirá varada.

Lo que hace singular a la Comunidad Valenciana es que el partido gobernante tiene hasta siete diputados imputados, que podrían erigirse como tercera fuerza en las Corts por delante de Compromís (6), dos de ellos procesados. Y lo que la hace única es que el presidente, Alberto Fabra, se declare dispuesto a echarlos en nombre de la ejemplaridad debida aun a costa de perder su mayoría absoluta. Con un par. Y más gordo que el de Reagan y Thatcher si cabe.

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