Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
LA batalla de Stalingrado marcó el comienzo del declive nazi, pero es demasiado fácil leer la Historia a posteriori. En realidad, los rusos también las pasaron canutas. Cuando Stalin más baba escupía, cuando más dementes se volvían sus órdenes y más egomaníaco su pulso con Hitler, fue cuando topó, gracias a los comisarios políticos enviados al frente, con la nueva herramienta de su guerra propagandística. Vassili Zaitsev, el heroico francotirador de las 149 víctimas, acabó siendo la hipérbole de Vassili Zaitsev, el humano de las 149 víctimas. Su caso es una versión más épica del de Aleksei Stajanov, el minero igualmente falseado por el comunismo-ficción. Pero la idea hoy no es hablar de amaños sino del efecto que Zaitsev -el real y el endiosado- tuvo en la moral colectiva.
Frente a la maquinaria alemana, veloz, engrasada y moderna, las opciones del ejército soviético eran escasas al principio: en el mejor de los casos, uno era herido y cruzaba el Volga en una gabarra hasta los hospitales de campaña, donde morir tampoco era difícil si un Stuka no se había encargado antes del asunto. Otra opción era avanzar a ciegas y topar con la pared de balas del enemigo en la vanguardia y la pared de balas del compañero en la retaguardia. Huir era un sacrilegio. La tercera vía fue la más exitosa: resistir entre amasijos y cascotes, entre cadáveres y ríos de sangre y mierda. Miles de hombres rata. Miles de hombres cucaracha.
Al ser la tercera vía la única en la que Rusia se desenvolvía con mayor pericia que los fritzes, ésa fue la diana de la propaganda a través de Zaitsev. Las gacetas bélicas y los partes radiofónicos hablaban de una sombra asesina, de un fantasma que aterrorizaba al hasta entonces invencible invasor. Zaitsev, el pastor de los Urales, estaba a la altura. Su factura ascendía día a día con la cadencia de un marcapasos. Pronto entrenaría a otros y crearía una escuela de émulos (Zikan, Passar, Kucherenko, Kovbasa y sobre todo Chekov). Así que los nazis decidieron competir con las mismas armas y enviaron al infierno al mayor Erwin König, reputadísimo tirador, atildado militar, tipo de refinados gustos y acerado intelecto.
Ambos cazadores libraron un pulso de varios días donde cada detalle contaba: los reflejos del cristal de la mira telescópica o de las bocas de los cañones, el humo del tabaco, el color de las paredes o el aprovechamiento de las grietas, tuberías, maquinaria y ruinas paisajísticas en general. König era muy bueno: disciplinado, paciente, calculador y serio. Zaitsev representaba otras cosas: la confianza en el talento natural, en el hermanamiento y el romanticismo, en el desesperado y a la vez esperanzador No Pasarán de los franceses en Verdún. König era la austeridad como fe igual que lo es Alemania en el contexto de esta crisis económica. Zaitsev eran los estímulos que todo país necesita para sobrevivir y recomponerse. Stalin derrotó a Hitler porque supo encomendarse al corazón (ajeno). Europa sobrevivirá a sí misma si empieza a hacer lo mismo.
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