mercedes de pablos

Periodista

Contra el amor romántico

Los sevillanos somos unos expertos en idealizar una Sevilla a la medida de cada cual

No, no voy hablar del fraude del príncipe azul o la princesa del guisante, ni tampoco del fiasco de la media naranja, contigo pan y cebolla y demás mitos tan bonitos y tan poco prácticos para la vida real. Si el amable lector quiere indagar en el tema hay estudios y libros estupendos que abundan en esa idea especialmente dañina para las mujeres y no es un juico moral, sino pura estadística. Se trata de otro romanticismo, ese amor a la patria en general o a Sevilla en particular que tiene la virtud de idealizar el objeto amado y por tanto todas las papeletas para darse de bruces con la vulgaridad de lo real.

Quien me abrió los ojos el otro día fue Manuel Pimentel, en la presentación de su última novela, Dolmen, donde el editor (empresario, activista, escritor, ex ministro) andaluz demuestra un vastísimo conocimiento sobre arqueología y una notable pericia en crímenes brutales y sangrientos, como si detrás de una de las personas de mejor fama y que mejor cae en esta España de garrotazos y fango, habitara Jack El Destripador. Precisamente por eso le preguntaron en la feria del libro de Mairena del Aljarafe por esa pericia suya en crueldades, él que pasa por tener el mejor talante de Eurasia, incluida su tierra que ya es el colmo. Al margen de si usa justamente la ficción como exorcismo de cabreos disimulados, Pimentel explicó su buena encarnadura social de una forma sencilla: "Porque me gustan las personas", y aclaró, "y no las idealizo". Eureka. La madre de todos los sentimientos es sin duda la frustración de las expectativas. Pintamos tan alto los cielos, y sus asaltos, que subir al Empire State nos parece una filfa.

Encumbramos a nuestro ser amado y a la que demuestra debilidades propias de su naturaleza caemos en la más amarga de la decepciones. Ítem más cuando el objeto de nuestro éxtasis místico es una patria, nación, ciudad o cualquier otro lugar o comunidad con la que una persona se siente vinculada o identificada por razones afectivas (no soy yo, es la RAE). Los sevillanos somos unos expertos en idealizar una Sevilla a la medida de cada cual en la que ya es más difícil aceptar que entren otros. Sevilla y cierra España y no la célebre madeja (nomehadejado) debería ser para algunos el lema de una ciudad que no es nadie, ni siquiera sus maravillosas monumentos y calles, sin quienes las habitan. Cómo les gusta algunos llenarse la boca de Sevilla y hacerle ascos a los sevillanos, entendidos los tales como colectivo con intereses comunes y particulares pero dueños todos de una ciudad que se hace mientras somos. Que es porque vamos siendo.

Para amar una ciudad hay que saber que no es perfecta ni pura ni inmaculada siquiera, sino la suma de todos nosotros que somos mejores cuando nos quitamos el éxtasis místico de la boca. Aviso a navegantes en tiempos de consignas y jaculatorias.

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