CADA vez que oigo hablar de los baronesdel PSOE no puedo dejar de imaginar a pseudobispos papirrongos sentados en tronos alejandrinos mientras comen pistachos pelados y acarician a sus gatitos, a la espera de que venga Pedro Sánchez a rendir cuentas. ¿Qué has hecho con los talentos que te di?, preguntarían esperando los réditos de la usura. Luego, uno ve a Susana Díaz y a Fernández Vara y, en fin, algo de eso puede haber. Leo por todas partes que con sus nones a Rajoy el alevín Sánchez les ha mandado callar en algo parecido a un acto de sublevación homérica, además de haber puesto nervioso a todo el mundo. Y, bueno, Sánchez es el responsable de haber conducido al PSOE en dos ocasiones consecutivas a los peores resultados electorales de su historia, lo que en cualquier país civilizado daría con mucho para tomar las de Villadiego; sin embargo, en este cuento que bien podría ser la tercera entrega de Las aventuras de Alicia que Lewis Carroll decidió dejar en el cajón, el camino más recto para asentarse en el poder parecía ser destrozar el partido y erigirse como único mesías capaz de recomponerlo. Hoy nadie da un duro por Sánchez ni por el PSOE, pero tampoco lo daban por Zapatero; así que igual los barones sí tienen de qué preocuparse. Lo de jugar a ser la voz de la conciencia es, al cabo, otra puerta giratoria.

La resistencia al sorpasso, culminada con éxito, no era, entonces, un fin sino un medio: si a los socialistas les quedaba algo de legitimidad en la defensa del segundo puesto, Sánchez ha optado por mandarla a hacer gárgaras para que quede claro quién manda aquí. Y, por ahora, el tiempo le está dando la razón; el batacazo en las urnas ha dejado a Unidos Podemos desorientado y con serias dificultades para redefinir el hueco al que aspira, tarea que al PSOE, por una mera cuestión de experiencia, necesariamente se le iba a dar mucho mejor. De cualquier forma, si todavía no es el momento de que ambas formaciones lleguen a acuerdos con la premisa de que la de Sánchez es palabra de Dios, la ocasión llegará en las terceras. Y a Ciudadanos le bastará con revalidar el mismo pacto que ya implantó en Andalucía y que presentó dos veces en Madrid. Sánchez no quiere (sólo) gobernar. La diferencia es que también quiere mandar. Dentro y fuera. Como todo buen socialista.

Mientras, los barones asisten intranquilos al pavoneo de los nacionalistas, que airean diadas, elecciones y referéndums ante el silencio indiferente del aspirante. Sospecho que, dado que a los independentistas les da igual Sánchez, el sentimiento es mutuo. Ya se tomarán en serio en las cuartas.

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