La tribuna

Manuel Bustos Rodríguez

La batalla de las ideas

QUIENES vivimos la influencia del marxismo llegamos a pensar que las ideas no eran en la Historia sino mera comparsa de las realidades materiales, verdaderas configuradoras de la misma. Nada más erróneo. Hoy, la mayoría de herederos de esa ideología les conceden, al margen de los cambios en el sistema de producción, un papel determinante. Y no se limitan a esa constatación, sino que manejan hábilmente los mecanismos de su creación o amortiguación, según los casos, siempre a favor de sus propósitos. Porque, por lo general, ellos no han renunciado todavía al cambio de modelo social. Aunque de tradición diferente en su mayoría, los nacionalistas se han mostrado también en los últimos tiempos como maestros en dicha práctica.

Por el contrario, quienes provienen de la tradición conservadora, liberal y centrista se manifiestan hasta el presente enormemente inhábiles en ella. Las consecuencias de una y otra actitud están a la vista en la España del presente: mientras los segundos pescan en un río que les es generalmente poco propicio y hostil -no digamos ya entre las jóvenes generaciones-, los primeros han encontrado en él todo un caladero donde echar con beneficio el copo. Varias son las razones que han hecho posible este comportamiento distinto.

La mayor parte de las ideologías hoy dominantes de uno y otro signo, aunque en crisis, han partido de una concepción pragmática y materialista del hombre, o se han vinculado a ella más tarde. El lector recordará los fundamentos filosóficos que están en la base de unas y otras. Sin embargo, la progresía, que curiosamente había mantenido una fijación más perseverante en este planteamiento, ha sabido rectificar a tiempo y sacar las consecuencias pertinentes. En cambio, no observamos hasta el presente una actitud similar en sus opuestos.

La izquierda en general, es verdad, se ha beneficiado de un plus de origen: la vieja creencia decimonónica de que la vida de la sociedad humana discurre en una dirección predeterminada. Por tanto, que todo lo que no apunta hacia ella no tiene futuro, siendo imprescindible colaborar a su desaparición. Ni qué decir tiene que aquí subyace un espejismo: el de confundir los propios deseos (en este caso la visión "progresista" del hombre y de la historia) con la realidad. Pero, a pesar de un error tan craso, ha logrado que una parte importante de sus conciudadanos comparta con ella este sentimiento. La izquierda ha podido señalar así qué cosas, instituciones y personas son "progresistas" y cuáles no lo son. Y, lo que es más importante, convencer al resto de que todo lo demás, incluyendo un conjunto de valores saludables y enraizados desde antaño, es inactual.

En segundo lugar, consiguió también asimilar su existencia a la lucha por la igualdad, el progreso y la libertad, idea que hoy goza de una gran aceptación, logrando al mismo tiempo que se olviden las veces que su actitud ha sido y es contraria a dichos valores.

De igual manera, ha practicado un sagaz deslizamiento ideológico, ocultando sus contradicciones intrínsecas, desde los principios básicos clásicos de la izquierda hacia posiciones propias del individualismo hedonista posmoderno y de grupos minoritarios organizados (nacionalistas, feministas, gays y antisistema), pero con una gran capacidad de movilización.

También se ha infiltrado con éxito y eficacia notables en la enseñanza, la cultura en sus diversos ámbitos y los medios de comunicación de masas, de indiscutible potencial para configurar la estructura mental de los españoles del hoy y del mañana, así como sus valores y su visión del mundo. Y lo ha hecho, hasta el punto que ya no sabríamos decir si lo que nos muestra el cine o la televisión es la realidad como dicen, o son sus productores quienes la configuran. Sin esta capacidad de la progresía, todos los demás logros resultarían ininteligibles.

Por último, han llevado a cabo un apoyo selectivo a manifestaciones de gran arraigo popular, dando así la sensación de cercanía al pueblo, pero a cambio de soslayar a veces los contenidos más profundos existentes en ellas, de carácter religioso generalmente.

Al contrario, liberales, conservadores y centristas en general no han sido capaces de dar la adecuada batalla en el campo de las ideas y de la cultura, antes bien la han descuidado, tal vez por ese sentido pragmático de origen; por propia aceptación, involuntaria o no, de los términos del discurso y la crítica del contrario, y el consiguiente temor a aparecer como enemigos del cambio y del progreso. O, sencillamente, por haberse topado ya con un terreno, que han venido descuidando por sistema, refractario a sus ideas y ganado de antemano por las de sus oponentes. ¿Se trabajarán de una vez por todas el campo de las ideas o, por el contrario, prefieren combatir en el terreno ya ocupado de antemano por la izquierda?

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