Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
VISTO en estos días de lluvias torrenciales en los que mayo parecía un atardecer de octubre en calle Francos o una mañana de noviembre en calle Feria. Una parada de autobús. No llueve, tiran cubos de agua desde el cielo en sucesivos arrebatos que alternan una densa lluvia con un macizo desplomarse de aguas tan apretadas que no es posible distinguir ni la propia lluvia. ¡Agua va! Coches y autobuses con los faros encendidos dejan estelas en las calzadas anegadas. Cuando un autobús llega a la parada la fila de paraguas retrocede al unísono para evitar que le alcance la ola de agua negruzca que provoca al aproximarse a la acera, como si las gruesas ruedas fueran proas de barcos. Hay una oscuridad a mediodía, por decirlo con el hermoso y triste título de la novela de Arthur Koestler.
Bajo un paraguas se apretuja una pareja de ancianos (ancianos, sí, o viejos, hermosas y recias palabras que los memos se empeñan en desterrar por incorrectas) aguardando el autobús. Como mínimo deben sumar 150 años. Son los únicos de la cola que parecen divertirse con el aguacero, como si este apretarse bajo el paraguas fuera para ellos algo tan placentero como el refugio en una cabaña -con chimenea y todo- encontrada después de ser sorprendidos por una tormenta en el campo. Ella se coge con fuerza del brazo de él, que sostiene el paraguas desplazándolo levemente para que la cubra por entero, y de vez en cuando nos mira con unos ojos felices y chiquitos, como si lo hiciera a través de una ventana tras la que estuviera protegida del agua que los demás soportamos refunfuñando. De pronto, en un arrebato, le da a su hombre un breve pero también apretado beso en los labios. Él sonríe, a la vez feliz y un poco apurado, y ella se arrebuja contra su cuerpo como un gato que buscara en su cojín una postura más cómoda y calentita. De milagro no sonaba el "je ne pourrai jamais vivre sans toi" de Los paraguas de Cherburgo.
No hay película o novela más hermosa que la vida. El arte es grande cuando roza, sólo roza, su misterio. Cuando, por decirlo con esas palabras de Joseph Conrad que tanto amo, descubre en la vida lo que le es esencial y perdurable, la verdad misma de su existencia, haciendo justicia al universo visible, a la belleza, el gozo y el dolor que nos salen al encuentro cada instante de cada día. A lo que vimos ese oscuro mediodía de aguacero en una parada de autobús.
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