Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
La larga comitiva, a vista de pájaro, del funeral de Elvis, donde destaca el blanco de su coche fúnebre, y más en el blanco y negro televisivo de la época. El parche en el ojo izquierdo de un militar israelí, con una cabeza calva como la de un actor cuyo nombre desconoce, de quien después sabrá que se llama Yul Brynner. La fría noche en que cuentan que un autobús con escolares de su edad ha caído a un río. Ha olvidado el número de muertos, pero el nombre del río donde perecieron, Órbigo, sigue anclado en el lecho de su memoria, tanto tiempo pasado no ha conseguido arrastrarlo. El tumulto que se forma cuando, en un desfile militar, un político egipcio con cierto parecido a un maestro de su colegio, don Juan Anaya, que le dará clases cuando cumpla los trece, es asesinado. El portamaletas de un coche abierto en una estrecha calle romana, donde ha aparecido otro político, también asesinado, con un apellido que, en español, es un sustantivo aún no censurado por despectivo. La leve joroba de otro político italiano, cuya mención es inseparable del eufónico adjetivo maquiavélico, con anchas gafas de pasta y comisuras labiales que apenas mueve, como apenas se mueven las del muñeco repelente que maneja uno de los dos únicos ventrílocuos de la tele. La sonrisa amable del presidente norteamericano, del que hacen chistes automovilísticos que no entiende, que destaca en esas reuniones de hombres serios, donde raramente figura una mujer. A veces sí una política inglesa, con un bolso colgado del brazo flexionado, como su reina, con quien se da un aire pese a las distintas procedencias sociales (luego sabrá que se llevan seis meses, y eso borra las demás distancias, andando el tiempo). A veces sí una elegante señora hindú, cuya tez es clavada a la de una tía de su padre. Las noticias de una sobremesa de sábado que abren con la muerte en accidente aéreo de Félix Rodríguez de la Fuente. El instinto al ver un paquete o un bulto en el suelo de darle una patada y ser capaz de colocarlo donde el futbolista más admirado podría y, rápidamente, el retraimiento del deseo al pensar en el niño vasco Alberto Muñagorri, que al dársela a una bolsa dejada por los etarras, se cuenta, ha perdido una pierna, cuya vida en un instante ha quedado demediada. El ojo colgante de Lucio Sandín, tras un cornalón en una novillada en la Maestranza. El frío, el inmenso frío ambiente de la Plaza Roja moscovita donde tanques y militares desfilan ante unos ancianos que, tocados con gorros de astracán, parecen faltos de oxígeno y aspiran con dificultad el gélido aire. Entre ellos destaca uno de espesas cejas, que lo abrigarán, piensa o intuye el niño que uno era entonces, unas cejas que siempre, siempre, acaban agavillando esta retahíla de viejas imágenes, y tantas más detrás. Quién pudiera ver así, desde fuera, aun en blanco y negro, a aquel niño memorioso, tan alejado ya de quien todavía lleva su nombre.
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