Fragmentos

Juan Ruesga Navarro

La ciudad bulle

Hay algo en el pasado de perversión. Aunque la búsqueda del ayer está en cada uno de nosotros, hay que tener cuidado, porque hasta la realidad más vulgar y degradante puede quedar ennoblecida por el paso del tiempo, que dota de interés y poesía hasta los objetos y sucesos más comunes. Basta ver viejas fotos familiares o de Sevilla para que en algunos momentos se encoja el corazón y nos preguntemos: ¿de verdad era esto así?, lo recordaba mejor. O en un paseo por El Jueves, ante un puesto con restos de ajuares domésticos, cierta magia que confiere el entorno hace que algunos vean curiosidades o incluso antigüedades, donde otros no ven más que restos para vertedero. En ocasiones hay objetos, como antiguos casettes o revistas, que van directamente de la rebusca de los contenedores a las mantas o mesas de los mercadillos. El contenido de la basuras que desechamos cuenta mucho de nuestra vida, a veces demasiado.

Volviendo a los sucesos. Cuanto más alejados en el tiempo, cuanto más indescifrables parecen los hechos, más fascinantes nos parecen. Y cuando se repiten año tras año los convertimos en tradición. Y nos da igual conocer los orígenes o no. Quizás para estar más cómodos en la fascinación que nos produce, y no tener que preguntarnos: ¿porqué?, ¿para qué?. Pero el tiempo no se detiene, ni tan siquiera en las tradiciones. Aunque algunas puedan impregnar el aire de olor a naftalina. Todo debe tener una medida, un equilibrio. Nada es veneno y todo es veneno, decían los antiguos alquimistas. En esa tensión entre el pasado y el presente se debate nuestra ciudad. Una nueva actuación, sólo por su novedad, levanta recelo y si es desafortunada, sirve de prueba de cargo contra cualquier otra innovación. Y se cargan de razón los que piensan que es mejor que todo se quede como está. Pero lo quieran o no, deberán aceptar que las generaciones sucesivas realizarán su propia tarea.

Y ahora se están creando nuevas tradiciones, mejor dicho, nuevas costumbres en la ciudad. Por ejemplo, las noches musicales durante el verano en los jardines del Alcázar. Pronto asistirán a esos conciertos algunos jóvenes sevillanos para los que esas veladas han existido toda la vida. Aunque en apariencia Sevilla deja poco resquicio a la innovación, ésta comienza entre la marginalidad y la singularidad, para crecer y lograr su visibilidad. Si miramos con atención, con ganas de ver, la ciudad bulle.

Grupos de jóvenes sevillanos se preparan para ocupar su propio espacio en la historia. En el diseño gráfico, en la moda. Nuevas galerías de arte. Artesanas de vanguardia. Bailarines, músicos, cineastas. Nuevos comercios de todo tipo. Abren, prueban, cierran, lo intentan de nuevo. La ciudad está en movimiento. Y se percibe en la Alfalfa, en la calle Regina, en San Lorenzo, en la Gavidia, en la Alameda, y en otros muchos lugares y barrios. Es necesario que cada época encuentre su modo de expresión propio. Un modo que surja, en palabras de Gillo Dorfles: "no de las imperativos sociales, sino de una autoconciencia que pueda llegar a ser la de un pueblo entero, la de una época histórica".

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