Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
LLEVO compartiendo coche desde hace años, por lo que me ha sorprendido el encendido debate que se ha levantado al respecto de las páginas webs que ofrecen estos servicios. Yo no tengo carné de conducir y, por pura responsabilidad, tampoco coche. Eso no me ha impedido que, por motivos laborales, viaje cada semana a cualquier rincón del país y que durante toda mi vida adulta haya sido un gran cliente de taxis y transportes públicos. Tanto es así que tengo metida en la agenda del teléfono los números de las centralitas de taxis de decenas de ciudades y poseo una tarjeta de crédito que únicamente utilizo para comprar billetes de tren o avión.
Sin embargo, en la última semana he hecho tres viajes con tres conductores distintos con los que he contactado en una de las páginas webs donde los viajeros comparten vehículo. Si hubiera ido en tren o autobús esos mismos viajes me hubieran costado ciento setenta y cinco euros. Compartiendo coche, treinta y dos. Un ahorro superior al ochenta por ciento. A eso hay que añadirle que no he contaminado, porque esos coches iban a viajar de todas formas, y que he conocido a gente nueva, que seguramente no vuelva a ver, pero que me han enriquecido con sus anécdotas.
Esta actitud de enfrentarse quijotescamente ante la tecnología y los cambios no es nueva. El ludismo fue un movimiento obrero que se desarrolló en la Gran Bretaña de principios del siglo XIX, en los albores de la Revolución Industrial. Se hicieron muy famosos, extendiéndose a toda Europa, por enfrentarse a la introducción de las máquinas en las fábricas textiles, lo que generó revueltas y destrozos. Su vida fue corta, aproximadamente un lustro, porque el paso del tiempo les enseñó que su enemigo no eran las máquinas, sino los empresarios que les imponían unas condiciones laborales miserables. La lección que nos da este trozo de historia es que, por más que sus protagonistas se opusieron, en ocasiones con una violencia extrema, el progreso mantuvo su rumbo y su andar cansino y constante.
El cambio, los usos y necesidades de las personas son una fuerza tan poderosa que se hace imposible de contener, aun con la mayor represión. Desde el comienzo de la crisis se nos ha recordado cómo podemos ahorrar. No tiene más que encender el televisor y comprobar las ofertas de todas las marcas. Aún resuenan en mi cabeza las palabras del otrora ministro Cañete al respecto de los yogures caducados y la ducha con agua fría. Espero que esta costumbre de ahorrar quede en el día a día de muchos de nosotros cuando las vacas vuelvan a engordar, porque fue siempre una enseñanza de nuestros mayores, mucho más listos que las generaciones actuales que pensamos que éramos ricos porque con aparentarlo ya bastaba. Sin embargo, parece que ahora esta forma de consumo colaborativo debe ser perseguida.
Muchos no quieren verlo, pero el modelo económico hace tiempo que ha cambiado. El enemigo, como entendieron finalmente los ludistas, no es la tecnología, sino el uso que se hace de ella. Se pierde el tiempo persiguiendo al usuario que busca ahorrarse un euro, cuando lo que hay que regular es que los que se lucren de estos nuevos usos paguen también sus impuestos, como los taxistas o las líneas de autobuses lo hacen. Es curioso que se ponga en entredicho la legalidad de estos nuevos usos cuando todos los medios de comunicación regalan sus mejores espacios a la apertura de la nueva tienda de Apple en Madrid, una empresa que no paga sus impuestos de los millones de beneficio que obtiene en nuestro país. Algo que parece no importar a nadie; aún más si pensamos que tampoco pagan Google, Amazon, Facebook, Yahoo, eBay o Microsoft.
Sir William Preece, director del servicio postal en 1878, se atrevió a alardear sobre la superioridad del servicio postal británico ante el norteamericano, cuando afirmó que "los americanos necesitan el teléfono. Nosotros no. Nosotros tenemos mensajeros de sobra". Si una sociedad adopta como postura dar la espalda al progreso y los cambios que conlleva, el riesgo que asume es que éstos le pasen por encima. Nadie me va a impedir que siga poniéndome en contacto con otros conductores para, si a todos nos conviene, compartamos gastos de viaje; de la misma forma ningún poder público o grupo de presión van a impedir que los ciudadanos se unan en una cooperativa para comprar productos ecológicos, electrónica con descuento, intercambien su vivienda con otro ciudadano que les interesen para las vacaciones, ofrezcan su tiempo a cambio del tiempo de otros, alquilen oficinas por horas, donen o cambien la ropa que no usan, intercambien libros y música o compartan su wifi.
Cuestión distinta es cómo han de evolucionar los servicios de taxi o autobús para seguir siendo competitivos ante las nuevas formas de consumo y cómo encajan todas estas actividades en el modelo económico actual o, mucho mejor, el modelo económico que debemos construir para seguir estado en el mundo en el que vivimos, pues ésa es verdaderamente la discusión que tendríamos que tener.
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