En primera persona

Amparo Pérez Soldevilla

La realidad del coronavirus: "No es una cifra, era mi madre"

Que nadie me vuelva a dar una cifra más sobre los muertos. Aquí no hay cabida para hacer estadísticas, hablamos de personas, de miles de familias viviendo esta horrenda locura

Un niño aplaude desde su balcón a los sanitarios. Un niño aplaude desde su balcón a los sanitarios.

Un niño aplaude desde su balcón a los sanitarios. / Cabalar

Este domingo habría ido a verla. Un paseo por el parque de al lado, la imperdonable cerveza —con sus patatas fritas— en la cafetería, las charlas sobre sus idas a la playa de Conil, la que está en la provincia de Cádiz y también, justo enfrente de la residencia donde vivió los últimos cuatro años. Todo esto habríamos hecho.

Como en cada reencuentro, con los brazos abiertos de par en par, a todos les diría: "Es mi hija la chica". Y tras acomodarla en su silla, giraría la cabeza hacia atrás empezando con sus eternas preguntas.

Lita, ¿Dónde vamos?- Mamá, tu hermana Lita está en Córdoba, pero tú y yo nos vamos a que nos dé el aire.- ¿Sabes algo de mamá?- Ella está en Madrid con el ajetreo de siempre. No te preocupes, que todos andan bien…

La segunda pregunta habría estado presente a cada rato como ahora estuvo entre nosotros, sus hijos.

Tenía 93 años y no se valía por sí misma. Desde su silla de ruedas, con las piernas cruzadas destilando la elegancia que tuvo siempre, su bonita sonrisa y su ingenio hicieron feliz a todos los que la tratábamos e incluso a los que pasaban por su lado. Con la inocencia que le procuraba el mundo en el que su cabeza vivía, sus sentimientos desinhibidos pedían besar, dar apretones de cariño o lanzar piropos a diestro y siniestro.

A nadie dejaba indiferente la ternura que derrochaba su ser, hasta el día que este maldito coronavirus se la llevó como si fuese un personaje, entre muchos miles, de una película de ciencia ficción. Algo que jamás habrías pensado que tocaría tu vida real para dejarla huérfana de todo sentido. Algo que no le deseo a nadie de este mundo.

La dejé un día de principios de marzo, a las 8 de la tarde, lista para cenar en el pequeño comedor en el que diariamente lo hacía, con los compañeros de mesa a los que, cada día, volvía a conocer. Ya no la pude sentir más. Tras dos semanas de confinamiento, una videollamada, desde el móvil particular de una cuidadora de la residencia, hizo posible que los tres hermanos pudiéramos verla. Aunque me regaló el instante de volverme a reconocer, este segundo de lucidez no impidió notarle que ya no se sentía bien. Nos faltó su preciosa sonrisa, ese rostro arrugado y alegre que desapareció, tras la corta conversación, por la pantalla negra como preludio del final.

El virus avanzó sin piedad y al día siguiente la trasladaron al hospital Virgen del Rocío, a la sexta planta, la que muchos no olvidaremos jamás. Supimos que llegó nerviosa y desorientada pero, gracias a Dios, también nos enteramos que las enfermeras no la dejaron sola. Le acariciaron su pelo y, cogiéndole de la mano, esperaron hasta que se quedó dormida. ¡Qué sería de nosotros sin la humanidad que los sanitarios están poniendo en el cuidado de todos los que están enfermando! Porque consuela saber que no ha sufrido, que protegieron su desamparo por los que hubiésemos debido hacerlo.

Pero la deuda hacia ella, la que se nos quedó por no haberle acompañado en su último adiós, no tiene la más mínima rendija por donde destilarla. Que alguien me explique cómo procesar tanta carencia en el necesario duelo, el inmenso vacío que deja la no despedida.

Que nadie me vuelva a dar una cifra más sobre los muertos. Aquí no hay cabida para hacer estadísticas, hablamos de personas, de miles de familias viviendo esta horrenda locura. Sobre todo, hablamos de nuestros mayores, de los más vulnerables, a los que se les tuvo que proteger desde el primer momento. Antes que cerrar colegios, de confinarnos en nuestras casas, de cerrar empresas… Desde China, desde la vecina Italia, desde el minuto cero se sabía que este virus venía a por ellos y a por los másdesprotegidos.

A mí no me mueve la política, me tiene hastiada desde hace mucho tiempo. Tampoco soy de empuñar banderas, ni de poner o que me pongan etiquetas. Me horrorizan los extremos, la inquina ideológica instalada entre unos y otros. Demasiada palabrería barata. Somos botones en el suelo en una sociedad que mucho vocea y más perdida está. Pero no se puede vivir ni ajeno al sentido común ni a la mala gestión de aquellos a los que le pagamos para que la tengan. ¿De qué nos sirve tanta burocracia, tantos pensadores, demasiada parafernalia y mucho tiempo perdido? Cada día, nos aturden los sacos llenos de vidas deshechas.

Mi madre ya estará sentada al lado de mi padre, guapos los dos, en la primera fila del cielo, como ella siempre pensó. Ojalá sea así porque se deberían cumplir tan firmes creencias.

Nosotros, los huérfanos que quedamos aquí, nos seguiremos preguntando, ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?…

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