Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
SE abre paso una idea que desafía la lógica, la razón y el buen juicio: el mayor enemigo de la monarquía española ha resultado ser el yerno del Rey. Nadie ha hecho más por poner en peligro la continuidad dinástica de los Borbones que el marido de la segunda hija de don Juan Carlos. El republicano con más capacidad de desestabilizar a la Casa Real estaba dentro de ella.
La paradoja la está materializando con su instrucción un juez de origen cordobés, José Castro, que ha asumido con entereza e independencia el papelón histórico de demostrar si Iñaki Urdangarín es culpable o no de tráfico de influencias, malversación, falsedad documental y blanqueo de dinero. Y la está impulsando, con sus filtraciones por goteo, el antiguo socio del ex balonmanista, Diego Torres.
No hay nada peor a la hora de afrontar una acusación de la Justicia que una amante despechada o un compinche que se niega a comerse el marrón en solitario. Este último es el caso de Torres, decidido a no cargar en exclusiva con las culpas de delitos que idearon y perpetraron entre él y Urdangarín y firme partidario de tirar por elevación hacia asesores de la Casa Real y hacia la infanta Cristina, sin descartar al mismísimo Rey. Le asiste un rencor inmediato y punzante que se resume en la pregunta: ¿por qué está imputada en el caso Nóos su esposa y no Cristina de Borbón siendo ambas beneficiarias de la trama y socias de la fundación y las sociedades que la conformaron?
Le asiste, también, un material altamente explosivo: los correos electrónicos dirigidos por Urdangarín a diversos interlocutores vinculados con sus actividades y que el socio fue almacenando con sumo cuidado y con intenciones previsoramente aviesas. Correos que va soltándole al juez y mandando a la prensa conforme avanza la causa judicial y conviene a su estrategia de defensa. Como los difundidos ayer, en los que el yernísimo le pide a su suegro (se refiere al Rey como "el Señor") que haga gestiones con dirigentes deportivos internacionales para que acepten su invitación y acudan a un evento que él organizaba y la Generalitat valenciana pagaba.
Lo que va a condenar a Urdangarín no es eso, sin embargo, sino la evidencia de que utilizó su pertenencia a la Familia Real para hacer negocios con administraciones públicas que nunca los habrían hecho si él no hubiera sido de la Familia. Y está por ver que la condena se quede en Urdangarín...
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