Por si acaso

pablo / gutiérrez-alviz

El crimen de las siete paletillas

EN sentido amplio, un crimen supone algo malo o reprensible. El paro podría asimilarse a uno de los mayores crímenes sociales por sus nefastas consecuencias. Sume a los ciudadanos afectados (y a sus familias) en la aflicción personal y, en algunos casos por desesperación, los conduce a la marginalidad, cuando no a la delincuencia. El INE (Instituto Nacional de Estadística) acaba de reconocer a Sanlúcar de Barrameda como el municipio español líder en población desempleada con casi un 50% respecto a los habitantes activos. Un reciente suceso acaecido en esta bella ciudad ribereña denota su depauperado ambiente.

Una madrugada de la última semana de febrero apareció reventada la puerta de seguridad del bar Los Caracoles. Unos ladrones acababan de robar la TV, la caja registradora y siete paletillas. La Policía inició sus investigaciones, pero cuenta la crónica que fueron la mujer y la suegra del dueño de la taberna las que resolvieron el enigma: vieron cinco líneas en el suelo, como de grasa de tocino, que salían por la puerta y continuaban por la acera. Ambas señoras pensaron que los cacos puede que arrastraran cinco de los jamones por la calle. Por tanto, siguieron el rastro que llevaba a un bloque de viviendas cercano y subía hasta un piso en la primera planta. Avisaron a los maderos que, con una orden de registro, entraron en el domicilio y hallaron en su interior el botín gracias a la cutre y grasienta huella del crimen.

Los presuntos ladrones, vecinos próximos de la tasca, quizá en estado de necesidad o con alguna dependencia, actuaron como meros aficionados. Cabe imaginar que carecían de TV (o que la tenían vieja y estropeada). Era difícil que quedara dinero en la caja registradora después del cierre de la noche anterior. Tampoco disponían de coche, ni de una simple carretilla para transportar lo robado. La Policía solo encontró una anticuada motocicleta, por supuesto llena de grasa. Los mangantes debían ser ancianos o enfermos o muy flojos: no podían con la mercancía y llegaron a casa tan cansados que ni salieron a limpiar las pistas de su rapiña. O los pobres ignoraban que hasta unos modestos jamones siempre dejan algún rastro.

El chungo transporte de las siete paletillas resulta definitivo: dos, en moto y cinco, a rastras. Lo mismo el INE no anda descaminado con su informe sobre Sanlúcar de Barrameda.

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