PASA LA VIDA

Juan Luis Pavón

¿Y si no deja de llover?

LA abrumadora presencia de la lluvia y de los nublados, y por ende la falta de sol, abonan de nuevo cuño el terreno para la reflexión. En un invierno sin el anticiclón que siempre teníamos junto a las Azores taponando la Península Ibérica y dirigiendo la caravana de las borrascas oceánicas hacia las Islas Británicas, Andalucía occidental se convierte en una autopista sin peaje para que todas las nubes chorreen agua. ¿Y si esta situación se convirtiera a partir de ahora en la norma climatológica? ¿Sevilla sería Birmingham con más capillitas y Cádiz Southampton con más salero?

2010, una odisea del espacio arriado. ¿Y si en primavera no deja de llover? Toda la escala de valores y de prioridades quedaría redimensionada a un zafarrancho de combate. Irían a más los cuantiosos daños que ya han causado los sucesivos temporales y las crecidas. Saltarían por los aires todos los cálculos presupuestarios ante la necesidad de ejecutar planes extraordinarios de inversiones en reparaciones de infraestructuras. Y no sólo se necesitan rehabilitar infinidad de viviendas en ciudades y pueblos por la pertinaz lluvia y la persistente humedad. Los batallones de albañiles han de volver a las playas donde trabajaron en los años del pelotazo, por el sinfín de destrozos y desperfectos en el paisaje de las segundas residencias. El idílico litoral de los sevillanos, sobre todo el onubense, es ahora un territorio para la depresión colectiva.

En Sevilla todo está organizado a tenor de su abundante ración de sol. Desde la vida cotidiana a los planes urbanísticos, desde la oferta turística a la ejecución de obras. Política, economía, sociedad y cultura por y para el sol. Las técnicas constructivas, la aversión a los parkings subterráneos, la proliferación de veladores, el carril bici, las bullas cerveceras a palo seco en la Plaza del Salvador, las azoteas para tender la ropa, la moda del pádel, el turismo de paseo y fachada por falta de viejos lugares bajo techo que estén abiertos y de nuevos edificios con contenidos potentes.

Si Sevilla queda equiparada en su régimen de horas de lluvia y de sol a Centroeuropa, las gigantescas inversiones en energía solar se irían a África, la empresa Pagés pedirá el Palacio de los Deportes para las corridas de farolillos, las cofradías saldrían en procesión dejando los pasos en sus templos, muchos bares quedarían obsoletos por falta de terrazas cubiertas y traslúcidas como las de los bulevares de París, y clamaría al cielo la falta de carriles bus para moverse a resguardo de los chaparrones gracias a la flota de Tussam. El turismo de convenciones necesitaría alternativas que no sean un tentadero en el rancho de los Peralta.

Llegan peticiones al arzobispo Asenjo para que convoque una procesión en rogativa, implorando que los anticiclones vuelvan a empadronarse en las Azores. Es mucho más cómodo mantenerse como tierra con vocación de funcionariado y servicios donde el sol tapa las carencias, que transformar a Sevilla en una sociedad innovadora cuya riqueza y bienestar no dependan sobre todo de tener más horas de sol que otras ciudades y otros países.

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