La tribuna

Jaime Martinez Montero

La otra deuda histórica

POR fin Andalucía va a cobrar la deuda histórica. Y puesto que de pagar deudas se trata, es ahora buen momento para plantear el pago de otra bastante mayor y también histórica: la de la calidad de la educación que los gobernantes les deben a la población andaluza. Es una deuda muy vieja, que viene desde muy atrás, que ha sumido a generaciones enteras en la incultura, que les ha obligado a salir de su tierra y que ha facilitado el que hayan abusado de ellas.

Creo que se ha resarcido, y con muy buena nota, el déficit de instalaciones y personal que secularmente ha padecido nuestra región. En las tres últimas décadas se ha invertido más en educación que en todos los años y siglos anteriores. Quedan retales, flecos, asuntillos (aunque para quien los padece los anteriores nombres no sean los más exactos), pero la gran infraestructura está lograda. Los niños andaluces frecuentan los mejores centros que nunca han habido en la historia, son atendidos por un número de profesores como nunca se ha dado, y comparten aula con el menor número de compañeros desde que se tiene recuerdo de este dato. Ahora bien, ¿podemos decir lo mismo del producto educativo, de la cantidad y calidad de los aprendizajes que se consiguen?

Se debe mucho. Los mismos políticos que ocupan el poder lo dicen cuando dan explicaciones sobre los malos resultados escolares: no se puede salvar en poco tiempo el enorme atraso escolar que se arrastra desde siempre, no se puede recorrer en poco tiempo una distancia tan grande como la que nos separa de otras regiones españolas o de otros países de nuestro entorno. Existe la deuda y va siendo hora de cobrarla. Y se tiene que pagar fundamentalmente a través del sistema público, el que llega a todas partes y al que todo el mundo tiene acceso. El pago debe consistir en que se proporcione a los actuales niños y jóvenes la educación de calidad que no tuvieron sus antecesores. Para ello habrá que empezar a preocuparse de lo que ocurre dentro de las aulas, de los procesos que se llevan a cabo en los centros, de la adecuación y modernidad de las metodologías, de la verificación de los niveles de aprendizaje que se consiguen.

No es sólo un problema de dinero, aunque éste siempre viene bien y calma bastante los nervios. De hecho, ha habido un gran incremento de recursos en los últimos años, y sin embargo tal aumento no ha tenido un reflejo directo en la mejora de los rendimientos. El problema va más allá: habrá que hacer las cosas de otra manera si queremos variar los resultados que se obtienen, porque si seguimos haciendo lo mismo continuaremos igual. Si lamentable era que los andaluces antes no tuvieran escuelas, lo es, y no sé si más, que ahora un elevado porcentaje de ellos salga de las mismas después de doce o quince años de frecuentarlas, como si no las hubieran pisado. Es un desastre. Los "fracasados" salen con un certificado, sí, de pobreza, y la sociedad saca la impresión de que se ha tirado el mucho dinero invertido en ellos.

Conseguir la mejora de la calidad educativa que reciben nuestros alumnos no es un asunto sencillo ni que dependa de un único factor. Mas si nos centramos en el sistema educativo y en lo que éste puede hacer, nos damos cuenta de que tiene un gran problema: su opacidad, el no saber qué ocurre dentro de los diversos procesos que se llevan a cabo, lo que permite que luego se puedan achacar los malos resultados a cualquier excusa o factor. Estamos entrando en una fase de desarrollo social en que se pide transparencia, rendición de cuentas, y en este aspecto nuestra escuela está todavía bastante ajena a esta filosofía.

La Administración Educativa permite un gran margen de discrecionalidad a los centros, de manera que se deja en sus manos, bajo su voluntad, el que se renueven, el que innoven, el que cambien su metodología, el que identifiquen y pongan remedio a los puntos negros que tengan en su sistema de funcionamiento. La Administración lanza unos mensajes de mejora, dice que pone en marcha medidas para que suba la calidad de nuestras instituciones escolares. Pero, por otro lado, no altera las estructuras que permiten a los docentes el que se impliquen o no en las necesidades de cambio. Y así es muy difícil avanzar.

¿Cuándo se habrá satisfecho la deuda? Cuando se acabe el fracaso escolar o, por lo menos, se reduzca bastante. El fracaso del sistema educativo tiene una concreción, una traducción a la realidad muy evidente. Basta con contestar a estas dos preguntas. ¿Qué tipo de cualificación tienen los trabajos que van a cubrir la mayoría de los andaluces cuando se tienen que marchar fuera? ¿Qué tipo de puestos vienen a cubrir a Andalucía los que proceden de otros puntos de España? Por eso, señores políticos, la prueba final de que la deuda se ha saldado no será que ustedes revaliden o no su mayoría en el Parlamento, sino que los que entren a trabajar en Andalucía y los que salgan de ella para buscarse la vida en otra parte tengan los mismos niveles formativos y ocupen similares puestos de trabajo.

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