Agustín Ruiz Robledo

El discurso republicano

SOY un republicano convencido. Me parece que la República es una forma política infinitamente superior a la Monarquía, que no deja de ser una institución contraria a los grandes principios del Estado de Derecho, la igualdad y la libertad. Contra esta evidencia, ya demostrada por la democracia ateniense hace dos mil años, se ha levantado en España un poderoso y bien articulado discurso monárquico que glosa las ventajas, aquí y ahora, de la Monarquía parlamentaria encarnada en Juan Carlos I. Estrategia muy inteligente porque en el plano de los principios la Monarquía poco tiene que decir: la legitimación hereditaria es un argumento muy débil para superar, en una sociedad democrática, tanto la ruptura de la igualdad que supone privilegiar a una familia como la restricción a la libertad de los ciudadanos para elegir a la más alta magistratura del Estado.

Pero no cabe duda de que en el plano de la utilidad social del rey Juan Carlos I se han dado argumentos de mucho peso, empezando por su papel de motor del cambio y de estabilidad institucional. No me convencen, pues siendo verdad que el Rey fue vital para desmontar el franquismo no por eso vamos a tener que mantenerlo a él y a su familia por los siglos de los siglos en la Jefatura del Estado. Tampoco creo que la estabilidad institucional se deba a la Monarquía, que en mi opinión depende mucho más de la cultura política de un país. Suiza, siendo república, es sumamente estable y Bélgica, monarquía, todo lo contrario y parece dirigirse hacia la desintegración. Ejemplo que sirve, de paso, para mitigar la importancia del argumento de que el Rey puede representar mejor a todas las nacionalidades y regiones pues no tiene ningún origen geográfico mientras que cualquier presidente de la República sí lo tendría. Además, el juicio celebrado esta semana contra independentistas catalanes por injurias a la Corona más bien avala la tesis contraria: se puede convertir en un símbolo fácil del Estado opresor.

Otros argumentos de impacto a favor de la utilidad de la Monarquía hacen referencia a su papel de árbitro, incluso a su capacidad de influencia internacional, que se consigue gracias a su prolongada permanencia en la Jefatura del Estado. Es verdad que el Rey no es de derechas ni de izquierdas, pero en Alemania, Irlanda, Israel y otras muchas repúblicas el presidente también realiza ese papel moderador a pesar de tener un pasado político. Por otra parte, su permanencia al frente del Estado es un arma de doble filo: puede ser buena para España o puede ser nefasta si en un momento determinado se actúa de manera tal que se ofende a una parte de la colectividad, como pasó el año pasado con el famoso "¿Por qué no te callas?", que molestó a bastantes latinoamericanos, y las recientes y desmentidas opiniones de la Reina sobre los matrimonios entre homosexuales.

En fin, ni estos ni otros argumentos monárquicos en los que no puedo detenerme -como el de su aceptación popular y su bajo coste económico- me han hecho abdicar de mi fe republicana. Sin embargo, esta semana he flaqueado en ella por culpa del discurso republicano con el que José Antonio Barroso, alcalde de Puerto Real, celebró el 14 de abril y que, al parecer, cuenta con el respaldo del PCE: para nada me identifico con una defensa de la República que se basa en calificar al Rey de corrupto y crápula, hijo de crápula y madre licenciosa, que "aunque no le colguemos con los intestinos de los obispos lo tendremos que echar". Lo mismo que el otro discurso de quemar sus fotos, que inevitablemente recuerda la Contrarreforma y los autos de fe. ¡Qué razón llevaba el clásico al decir que a menudo uno se encuentra defendiendo una causa justa al lado de individuos impresentables!

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