Las dos orillas

José Joaquín León

De 'dóberman' a 'caniche'

HA sido sorprendente la forma en que Francisco Álvarez Cascos ha decidido darse de baja en el PP. Por supuesto, está en su derecho de pedir la baja en el que era su partido, y también de crear otro grupo político en Asturias, o incluso en el resto de España, si le apetece. Eso ya lo hizo Rosa Díez en el PSOE cuando rompió con Zapatero, con el que había competido por el liderazgo de su partido. Cascos no compitió con Mariano Rajoy para ser el sucesor, como Rodrigo Rato y Jaime Mayor Oreja, pero fue vicepresidente con Aznar y el hombre al que situó Fraga como secretario general del PP para salir de las catacumbas. Con ese historial, un político que fue calificado por los socialistas como el dóberman de la derecha, del que dijo Felipe González que debería llevar bozal, no es normal que se vaya como el caniche de Asturias, porque su jefe, o sea Rajoy, no lo ha protegido contra las travesuras de los niños malos asturianos del PP.

En estos días han vuelto a aflorar los episodios de amor y odio de Paco Cascos, como lo llamaron en sus mejores días, con el PP de Asturias. Patria querida cuando le convenía y ahí te quedas cuando trasladó su ficha de militante a Madrid, desde donde veía a Asturias en la distancia, aunque ahora parezca una nueva versión de Don Pelayo. En los últimos meses, soñó con repetir en Asturias el modelo de lo que hizo Fraga en Galicia. Pero a don Manuel no le tosía nadie en territorio gallego; y a Paco Cascos ese fervor asturiano, del que en otro tiempo se despegó, no le ha salido bien esta vez. O puede que sí. Siempre podrá hacer un intento de imitar el regionalismo castizo de Revilla.

Que Cascos compita contra el PP es algo semejante a cuando Rosa Díez compitió contra el PSOE. Sorprendente durante un tiempo. No se le puede negar que fue un artífice en los éxitos políticos de Aznar. También fue, probablemente, el mejor ministro de Fomento de las dos últimas décadas, aunque ahí no ha tenido el listón de los rivales muy alto. Fue, según las leyendas, el hombre que convenció a Fraga para que nombrara sucesor a José María Aznar, en vez de a Isabel Tocino. Y fue el político del PP que se entendía con Arzalluz, cuando el jefe del PNV ponía una vela a Aznar y otra a Batasuna.

Cascos tenía algunas contradicciones personales, como tres matrimonios mientras se inspiraba en el humanismo cristiano. Pero esas son cosas suyas. También tenía esa fama de dóberman de la derecha, que se la puso el PSOE. Su salida a lo caniche de Asturias patria querida ha centrado más a Rajoy. Sin querer, le hace un favor. Cuando el PP ganó con mayoría absoluta fue cuando más se centró, cuando estaba de secretario general Javier Arenas, que fue el sucesor de Cascos. Centrarse es lo que le interesa a Rajoy.

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